BREVE PANORAMA HISTÓRICO DE LA ASTROLOGÍA

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         Introducción. Astrología paleolítica. Nacimiento como ciencia en el Creciente Fértil. El trasplante a Grecia. Los árabes y su transmisión a Europa en la Edad Media. El declive renacentista. La posición de la Iglesia. El racionalismo y el entierro de la Astrología. Notas. Lecturas recomendadas.

 

         Introducción

         Merece la pena que empecemos haciendo un bosquejo de cómo nació, se expandió y halló su declive la ciencia astrológica, recurriendo a historiadores y fuentes fidedignos; entre las razones para que la Astrología suscite tantas suspicacias y sonrisas de autocomplacencia se encuentran la ignorancia y las opiniones interesadas existentes sobre el tema, que en ciertos casos se mantienen por pura inercia.

         La ciencia de los juicios de las estrellas -así la llaman algunas obras dedicadas a ella- ha sido parte notable y sustanciosa en el desarrollo del conocimiento humano; siempre se la consideró como tal y gozó de gran prestigio, y no fue hasta los siglos XVII y XVIII cuando fue desalojada de las universidades europeas.

         Como todo conocimiento humano ha sufrido el devenir cíclico de la Historia, con sus altibajos, pero en los períodos de esplendor de las culturas que la desarrollaron fue cultivada por las élites intelectuales del momento. De ella, no lo podemos olvidar, nació la Astronomía tal como la conocemos en la actualidad, aunque no debemos olvidar que, en términos generales, tanto Astrología como Astronomía fueron términos sinónimos hasta el siglo XVII. No es una afirmación apriorística nuestra, así lo confirman los historiadores y puede comprobarse en las bibliotecas(1).         

         La Astrología trata básicamente de los influjos de los astros sobre la Tierra. La parte "natural", dedicada al estudio de la cronología, medida del tiempo, ciclo climático anual, etc., no ha sido puesta nunca en entredicho; San Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías, la encuentra plenamente legítima y digna de estudio. En cambio, la que trata del destino de las personas, de los reyes y de las naciones, no ha dejado de contar con problemas, y ello por diversas razones.

         Hacer predicciones para un gobernante siempre resulta comprometido, y más según de qué clase se trate éste; en los demás casos el problema del destino ha chocado casi siempre con cuestiones de tipo filosófico, teológico o religioso. El judío cordobés Maimónides, que la estudió y conocía al dedillo, previno contra este tipo de Astrología "adivinatoria"en su obra Sobre Astrología. Carta a los judíos de Montpellier(2), dedicada exclusivamente a desacreditarla. Gémino, al filo de los comienzos de nuestra Era, ya clamaba en su Introducción a los fenómenos(3). contra quienes atribuyen a las estrellas y no al efecto del Sol los períodos álgidos de calor y frío que se producen en el ciclo anual (de esa creencia espúrea vienen los días caniculares, o the dog days, de cuando se asociaba el calor del verano al momento en que salen juntos el Sol y el Can Mayor).

         En todo caso, si queremos acercarnos al problema, lo mejor será recurrir a las fuentes escritas y a los hechos comprobables, y no a las meras hipótesis o a los prejuicios. Porque estos últimos, como decía Voltaire, son la razón de los necios.

 

         Astrología paleolítica

         Puede parecer sorprendente hablar de ciencia de las estrellas en el período Paleolítico (-35.000 a -10.000 aproximadamente); pero, según las investigaciones y hallazgos arqueológicos e históricos van avanzando, los conocimientos de la humanidad en aquellos tiempos no dejan de sorprender a quienes, por ignorancia, simpleza o mala fe, tenían a los hombres de esa época por unos brutos ignorantes.

         No debiéramos hablar de ciencia astronómica paleolítica en el sentido que damos ahora a esta palabra, aunque de lo que no hay duda es de que fueron tiempos en los que la Luna constituyó el gran cronómetro de la humanidad (cronología lunar). Las tribus paleolíticas, con una baja densidad de población, eran nómadas, por lo que la única referencia temporal válida para ellos era la Luna, tanto para elegir los momentos adecuados de caza y pesca, donde la luz de nuestro satélite es importante, como fijar las fiestas, encuentros con otras tribus para intercambios, y, por supuesto, para computar el tiempo.

         La cronología lunar se basa en el ciclo de 27,5 días (aproximadamente 28) que tarda la Luna en recorrer el cinturón estelar que sirve de referencia para seguir su revolución; puesto que cada noche es visible sobre un grupo de estrellas y a la consecutiva se ha desplazado hacia otras situadas más a la izquierda del observador, no hay duda de que el seguimiento diario de este "sendero" constituye el origen del primer Zodíaco o referencia estelar, que posteriormente se conoció con el nombre de "Moradas" o "Mansiones" lunares en Europa (Edad Media), introducido por los árabes, que lo tomaron de persas, indios y estos seguramente de China, nación con cómputos astronómicos muy antiguos.

         Zodíaco es término griego que significa "camino de animales"; el Zodíaco griego, que constituye el nuestro actual, posee algunas figuras humanas (Géminis, Virgo y Acuario). El Zodíaco chino, en cambio, sólo consta de 12 animales, por lo que hemos de suponer es anterior, y posiblemente tenga su origen en el Paleolítico (importancia de la caza en la economía de esa época).

         Más antiguo sin duda es el sistema de las "moradas" lunares, que son 28, las noches del mes lunar en que nuestro satélite es visible sobre el fondo de estrellas fijas. Teniendo en cuenta que el día de la luna nueva ésta no es visible en el cielo, tenemos un ciclo total de 29 días (el ciclo de las fases consta de 29,5 días muy aproximadamente).

         En la cueva de Altamira se cuentan hasta 27, 28 o 29 bisontes, que se hallan pintados sobre el techo y es preciso mirar hacia arriba como en la cúpula de una iglesia (donde también vemos representados soles, lunas y estrellas junto a ángeles y santos, Dios y la Virgen María, etc.). Unos bisontes están fuertemente coloreados en rojo y ocre, otros no tienen color (tal vez lo hayan podido perder), sumando un total de 21 animales; los demás poseen color negro. No todos presentan el mismo tamaño, y hay uno más grande que el resto (tal vez simbolizara la luna llena); si la interpretación resulta adecuada, los negros, oscuros y pequeños serían representativos de los días anteriores y posteriores a la luna nueva, cuando nuestro satélite es poco visible.

         El lector interesado puede encontrar publicado sobre este apasionante tema la tesis doctoral de Luz Antequera en    Arqueoastronomía hispánica. Prácticas astronómicas en la Prehistoria de la Península Ibérica y los Archipiélagos Balear y Canario. Altamira. Astronomía, magia y religión en el Paleolítico.

         Esta autora interpreta el gran toro de la cueva de Lascaux (Dordogne, Francia) como la constelación de Tauro; en ella puede verse unos puntos en la misma posición que las Pléyades sobre el cielo. Si la interpretación resulta correcta, habríamos de suponer que, en tiempos de cronología lunar, debería tratarse de la época en que la primera luna nueva del año (solsticio de invierno) se producía junto a este grupo estelar. En comparación de ciclos, el invierno (mínima iluminación solar) es equivalente a la luna nueva.

         Refuerza esta idea el hecho de que en el Egipto clásico se encuentre el recuerdo de que la estrella Sirio (Can Mayor) constituía el "hogar de la Luna", cuando actualmente, durante la luna nueva del solsticio invernal, nuestro satélite se halla muy lejos de esa estrella, la principal del cielo; hechos los cálculos (precesión de los equinoccios), la luna nueva cercana al solsticio de invierno se producía junto a Sirio en -11.500, aproximadamente la fecha de Altamira(4).

         Sin duda, la alternancia entre día/noche, actividad/descanso, fase ascendente del Sol/fase descendente, junto al ciclo de las fases lunares, infundió muy tempranamente en la humanidad la noción de la dualidad y de la naturaleza cíclica de la mayoría de fenómenos naturales observables. El Paleolítico fue una larga época presidida por la cronología lunar, de ahí la importancia de la divinidad femenina y de los cultos ctónicos asociados. La cuenta del mes empezaba por la aparición de la luna nueva (neomenia en griego, literalmente "nuevo mes"), como vemos actualmente entre musulmanes y judíos; la cuevas dedicadas a la observación y al culto lunar que aún perduran han de estar orientadas por tanto hacia el Oeste, que es por donde "nace" la Luna cada mes. Por analogía, el día empieza para los judíos con el ocaso (así lo hacía en muchos lugares de Europa durante la Edad Media); de ahí también que el rosario se rece a primera hora de la noche (la Virgen María, continuadora cristiana de los cultos lunares).

         Podemos ver cómputos lunares en la "marcas de caza de Marshack", huesos con grupos de 7 muescas (fases lunares); en la Venus de Laussel, que muestra un cuerno (Luna) con 13 incisiones, y en la serpiente cascabel de los aztecas, con 13 anillos en la cola, etc. Se trata aquí de las 13 lunaciones anuales (en realidad 12 y pico, equivalente a un promedio de 354 días y fracción).

         Pero el largo período paleolítico terminó con la catástrofe climática de -10.000; Europa se desheló, y grandes cataclismos y alteraciones de la circulación atmosférica empezaron a desecar el Sahara. Empezaba la transición hacia el Neolítico, y con ello, a la cronología solar.

 

         Nacimiento como ciencia en el Creciente Fértil

         Con la llegada del Neolítico las poblaciones se volvieron sedentarias, y el pastoreo y la agricultura fueron necesarios para la subsistencia. Tales actividades requieren la consideración de un calendario solar para guiarse en la fecha de las siembras, faenas agrícolas, épocas de inicio y final de la trashumancia, etc. Para elaborar una cronología pueden tomarse cada día como referencia los puntos de salida y puesta del Sol en las poblaciones de residencia fija (picos y crestas del horizonte montañoso, etc.), pues estos describen una oscilación anual. Los puntos extremos determinan los solsticios de invierno y verano; los equinoccios pueden conocerse con aproximación fácilmente, observando la sombra de una vara vertical a la salida y a la puesta del Sol, pues ambas forman entonces una línea recta (el resto del año la dan quebrada). Los meses se seguirán calculando por la Luna, al menos hasta comienzos de nuestra Era.

         Tanto las poblaciones nómadas como las sedentarias pueden guiarse en el tiempo anual por otro reloj, el de los ortos y ocasos de las estrellas al oscurecer o al amanecer; repárese que aquí también se toma como referencia el horizonte, de ahí su importancia en Astrología. Orientarse viene de "oriente", de "buscar el Este", lo cual está de acuerdo con que el punto principal de un horóscopo sea el Ascendente (intersección de la eclíptica o camino del Sol con el horizonte oriental). Repárese también que horóscopo, término de origen griego, significa "calcular o analizar la hora".

         El calendario de ortos y ocasos de las estrellas ha sido el tercer gran reloj de la humanidad para guiarse en el tiempo anual, y también en la navegación por mar, en todo tiempo y lugar. Hoy, en las grandes ciudades apenas puede contemplarse el cielo por las noches, e incluso en el campo la observación resulta difícil a causa de la tremenda contaminación luminosa, por lo que el ciudadano es ajeno al cielo y en absoluto consciente de los influjos estelares. Nunca podría surgir la Astrología de una sociedad urbana como la nuestra; en cambio, el seguimiento obligado de las estrellas en el campo o en ciudades sin apenas iluminación nocturna, permitió a las poblaciones de la Antigüedad un conocimiento generalizado del cielo, despertando en ellas el sentimiento y la sensación de caminar unidas al movimiento y evolución de los ciclos cósmicos.

         Las primeras estrellas que aparecen por el horizonte oriental o desaparecen por el occidental, al anochecer y al amanecer, son una referencia segura para orientarse en el tiempo anual; observado a la misma hora el cielo aparente gira un grado cada día hacia el Oeste, de modo que van apareciendo unas y desapareciendo otras. La que apareció hoy desaparecerá al cabo de seis meses justos y viceversa; unas aparecen con los días más cálidos, otras con los más fríos, las hay que coinciden con la llegada de las lluvias, de épocas de vientos o de calmas, otras con la época de celo o parto de ciertos animales, con la cosecha del trigo o de la uva, etc.

         De ahí a sentir que el cielo influye en los acontecimientos terrestres y en el devenir humano (pensamiento astrológico) hay sólo un paso.        

         La transición al Neolítico forzó una mayor observación del cielo, del Sol y de la Luna, así como de un horizonte fijo. Cuando surgieron las primeras aglomeraciones urbanas en Mesopotamia, a la orilla de los grandes ríos (Éufrates y Tigris), este conocimiento estelar fue sistematizado. La escritura fonética nació allí, y también el sistema de numeración posicional de base 12, en época sumeria, hacia -2900. Con ello se registraron las primeras observaciones astronómicas conocidas, Enuma Anu Enlil, procedentes del período casita.

         De 1100 a.C. tenemos listas de estrellas llamadas "de los astrolabios", en realidad un calendario de orto y ocasos de las estrellas, con el "Camino de la Luna", posiciones del Sol respecto a los puntos cardinales a lo largo del año, movimientos de los planetas y sus ciclos, predicciones meteorológicas, etc.

         El conocido actualmente como "teorema de Pitágoras" no es griego, sino mesopotámico, y lo mismo sucede con el ciclo metónico (repetición de las fases de la Luna el mismo día del año al cabo de 19 años), que lleva el nombre del astrónomo griego Metón pero está bien establecido que antes se determinó por los sacerdotes caldeos. La religión y la astronomía iban unidas de la mano en ese período histórico, de ahí que las observaciones y las conjeturas de tipo matemático y científico las llevasen a cabo colegios sacerdotales bien estructurados.

         Son bien conocidas las predicciones que estos hacen para los reyes (omina) a partir de los eclipses, conjunciones planetarias, etc. Por ejemplo, la tablilla 63, que contiene una lista completa de observaciones de salidas y puestas helíacas de Venus durante 21 años sucesivos, con augurios, comienza como sigue:

         Si el 15 Sabatu Venus desaparece por el oeste, permaneciendo invisible 3 días, y el 18 Sabatu aparece por el este, catástrofes para los reyes; Adad traerá lluvias, Ea aguas subterráneas; el rey enviará salutaciones al rey(5).

         En esa época los astros eran tenidos por dioses, y, en realidad, la Astronomía sirve para interpretar la voluntad divina; en el poema citado se cuenta que los dioses, tras la creación del mundo, se hallaban fatigados y delegaron en los hombres la continuidad de su obra. De ahí que tanto en Sumeria, Acadia, Caldea y Babilonia, y también en Egipto, el rey o el faraón fuesen los responsables de ejecutar la voluntad divina (teocracias) y su mundo tratase de ser una reproducción del orden celeste.

         Es esta mitificación lo que ha podido engañar a algunos investigadores (junto a lo que se tardó en descifrar las tablillas de barro escritas en alfabeto cuneiforme) llevándoles a atribuir a los griegos y al genio lógico-filosófico de estos lo que legítimamente sabemos ahora pertenece a los creadores del patrimonio astrológico de la humanidad, los pueblos del Creciente Fértil.

         Veámoslo a través de uno de los pioneros de la Historia de la Ciencia en España:

         Hasta que en los presentes días, de especializada madurez de investigación, se ha podido constituir con todas las garantías de una disciplina científica, la nueva disciplina llamada Historia de la Ciencia, la visión que se tenía de la evolución y la génesis de ésta, así como del acervo científico de los diferentes pueblos, distaba mucho de poderse llamar justa. Sin que con ello queramos prejuzgar que nuestra visión sea definitivamente justa. En general, aquella visión era parcial, tanto por defecto de perspectiva histórica, como por influencias venidas del campo de la religión o de la política, con sus rivalidades y bandos, o de la filosofía con sus múltiples escuelas, todo lo cual perturbaba el recto enjuiciamiento de los hechos(6)...

         Esta parcialidad de juicio tal vez tenga que ver con nuestra ascendencia cultural griega y romana (más bien de la primera, pues es conocido que Roma poco o nada contribuyó al desarrollo científico, aunque sí a la ingeniería), que, perdida tras el hundimiento de Imperio romano, fue reintroducida en Europa a través de la expansión arábiga medieval. Hoy en día ya no pueden sostenerse tales visiones parciales y equivocadas, siendo preciso restituir a cada cual lo suyo:

          ...Esta interpretación exagerada del milagro griego y de la incapacidad científica de los otros pueblos de la antigüedad y de la Edad Media estuvo en boga entre la gente de la Enciclopedia francesa y del racionalismo ochocentista, y recibía alas, según antes hemos aludido, de interferencias filosóficas, religiosas y políticas, del todo externas al recto enjuiciamiento crítico(7).

         No sólo aparecieron por primera vez en el Oriente Medio la escritura fonética y el sistema de numeración de posición duodecimal y sexagesimal (éste último vinculado a la necesidad de cálculos astronómicos, y que sigue plenamente vigente); el florecimiento de las grandes ciudades, unido a intensos intercambios comerciales, favoreció primero la Aritmética mercantil, y posteriormente abstracciones de carácter puramente científico. La Trigonometría nació como un medio instrumental al servicio de los cálculos astronómicos.

         Otto Neugebauer, profesor que fue de la Universidad de Brown, puso de manifiesto(8) en la década de 1930 el alto nivel que las Matemáticas alcanzaron entre caldeos y babilonios; series aritméticas, raíces cuadradas y cúbicas, tablas de números recíprocos, problemas de interés simple y compuesto, problemas equivalentes a la resolución de ecuaciones de segundo y tercer grado, problemas geométricos de áreas y volúmenes, etc., se encuentran en las tablillas de barro cocido.

         El sistema de numeración de posición, imprescindible para los cálculos y el desarrollo de la ciencia, se perdió entre griegos y romanos, con lo cual el desarrollo científico no dio ya grandes pasos; repárese en que los mayas también inventaron una numeración análoga, lo cual les permitió alcanzar precisiones calendáricas (matemáticas) comparables. Con su reintroducción en Europa (Abraham Ben Ezra fue el primer judío que lo usó en el siglo XII) pudieron avanzar de nuevo las medidas y los cálculos, y con ello, la ciencia volvió a echar a andar de nuevo.

         La observación del cielo en el Oriente Medio estuvo ligada a la interpretación de la voluntad de los dioses, pero la necesidad de predecir fenómenos celestes estimuló la abstracción científica, y por tanto las Matemáticas, como acabamos de ver. Uno de los mayores logros de los sacerdotes-observadores fue la determinación de los ciclos planetarios, así como su repetición en el cielo al cabo de un determinado período de tiempo. Dada la relativa estabilidad política y económica de las sociedades mediorientales en ese período, dichas observaciones se extendieron a lo largo de siglos, lo cual permitió dar los primeros pasos importantes en materia astronómica. Y, lo que para nosotros debe ser más importante, encontrar paralelismos (sincronismos de repetición, lo que equivale a decir sintonía) con acontecimientos terrestres de período similar (resonancia).

         Si ya había una sensación intuitiva de ligazón al cosmos entre las poblaciones campesinas (ciclo climático anual, vegetativo, de la fauna, etc.), las largas observaciones astronómicas llevaron a los sacerdotes a constataciones de orden superior, en los que sin duda debe buscarse el origen de la Astrología como ciencia, tanto en el tiempo como el espacio.

         Fueron ellos quienes constataron que el ciclo de las fases lunares se repite con mucha aproximación al cabo de 19 años (y por tanto el ciclo de las mareas oceánicas, etc.); lo mismo sucede con las conjunciones de Venus y el Sol, que se repiten cada 8 años con sólo dos días de retraso. Tales descubrimientos permitieron las primeras predicciones astronómicas sin grandes cálculos matemáticos, como hacemos ahora. Veremos más adelante la interpretación física de este hecho y sus posibles repercusiones en los seres vivos y en las partes integrantes del gran organismo que es la Tierra.

         La Edad Media europea retomó estos ciclos traídos por los árabes y les dio el nombre de años mayores, medios y menores, según su grado de precisión; pero el origen de su conocimiento, nuevamente, lo hallamos en el Oriente Medio y no en Grecia. He aquí una lista de estos ciclos de repetición (revoluciones tropicales se refiere a una vuelta completa al Zodíaco del planeta, y los períodos sinódicos al tiempo transcurrido entre dos conjunciones sucesivas del planeta con el Sol):

Júpiter         71 años       6 rev. tropicales =  65 períodos sinódicos

Júpiter         83 años       7 rev. tropicales =  76    "                 "

Venus         8 años        8 rev. tropicales =   5     "                 "

Mercurio     46 años      46 rev. tropicales = 145   "                 "

Saturno       59 años       2 rev. tropicales =  57    "                 "

Marte          47 años       25 rev. tropicales =  22   "                 "

Marte          79 años       42 rev. tropicales =  37   "                 "

Luna  19 años

         Hasta ahora, el primer horóscopo disponible, hallado en una tablilla cuneiforme, es el del 12-13/01/-409. Demetrio Santos, traduciendo De nativitatibus, del árabe Albubather, se topó con otro que, analizados los datos astronómicos ofrecidos, los cálculos dan para él la fecha de -1114(9). Esto sigue retrasando en el tiempo la datación de conocimientos plenamente científicos, en una tendencia que no parece detenerse; dicho horóscopo proporciona las posiciones del Ascendente, Medio Cielo, última luna llena anterior al nacimiento del niño, Parte de Fortuna y los siete planetas visibles a ojo desnudo.

         Vemos por tanto que da las posiciones de los dos ángulos más importantes (oriental y meridiano, o sea, aproximadamente, puntos de salida y culminación de los astros), las de los siete planetas, la de la lunación previa al nacimiento y un punto complejo cuyo significado matemático actual es el de suma vectorial de dos ondas (Parte de Fortuna).

         Otro gran logro de la ciencia medioriental fue el de la invención del Zodíaco de 12 signos iguales, que, pese a su nombre actual, tampoco es de origen griego; el Zodíaco babilónico era estelar, a diferencia del griego que tomó como referencia los puntos ficticios de los solsticios y equinoccios. Los conocimientos de la Geometría llevaron al descubrimiento del Zodíaco tropical a los astrónomos griegos, y, con los cálculos y medidas que ello les permitió, el fenómeno de la precesión de los equinoccios.        

         Según B.L. van der Waerden, en su artículo Historia del Zodíaco, publicado en 1953 en Archiv für Orientforschung:

          Los doce signos zodiacales aparecen por primera vez en el texto planetario VAT 4924 allá por el año 419 a.C. Los signos babilónicos son de igual tamaño... Las tablillas lunares y planetarias, en las cuales cada signo contiene 30°, confirman la conclusión de que los signos tienen igual tamaño.(10).

         Se trata de signos y no de constelaciones, como lo demuestran los análisis de los investigadores que han estudiado el texto.

         El primer Zodíaco bien sistematizado y estructurado es por tanto de origen babilónico, y toma como referencias las estrellas fijas. Ello no implica que ignorasen el fenómeno de los equinoccios y de los solsticios; sin embargo, para aquella cultura no fue importante la determinación exacta de los mismos, y por tanto prefirieron referencias estelares, que eran las que mejor conocían por su larga experiencia en el conocimiento del firmamento. Un error de 2 o 3 días en la observación del equinoccio lleva tan sólo a otro de unos 8 minutos en la duración del día o de la noche, algo que no debió preocupar demasiado a los sacerdotes babilonios de la época.

         La importancia de la ciencia del influjo de los astros en esta época nos la resume Demetrio Santos en el siguiente párrafo de su Introducción a la Historia de la Astrología:

         El período de -1200 a -400 podemos decir que marca la Edad de Oro de la astrología, cuando se consiguen sus más importantes avances y su plenitud. Empieza con la expansión de la metalurgia del hierro y la escritura fonética fenicia y con ello una intensificación de la evolución cultural. Pero el estado de ostracismo en que se ha visto sumida la astrología en el pasado Siglo [XIX-XX] en Occidente ha hecho que faltara su investigación en la eclosión científica europea, y no fue realizado un estudio serio de los textos antiguos relacionados con ella. Sin embargo, todos los datos que poseemos actualmente convergen a señalar su auge en el tiempo y lugar de las culturas mesopotámicas de este momento(11).       

 

          El trasplante a Grecia

         Tanto griegos como romanos guardaron un enorme respeto por "los antiguos", refiriéndose al saber que les vino de Oriente; si la ciencia y la filosofía griegas, base de todo el conocimiento europeo y occidental, con todos sus clásicos, ahora bien conocidos, se perdió con la caída del Imperio romano, es fácil imaginar lo sucedido con la enorme cantidad de obras que se generaron en Mesopotamia a lo largo de más de 2.000 años. La mayoría desaparecieron, y los restos que quedaron no han podido ser descifrados hasta los inicios del siglo XX; aún así, las tablillas cuneiformes, pueden depararnos más de una sorpresa.

         Si conocemos bastante de la ciencia medioriental es porque ésta fue trasplantada a Grecia, y sin duda generó la explosión conocida como "milagro griego" en todos los campos del saber; dentro del campo astronómico y matemático la ciencia griega es particularmente tributaria de la caldea. En materia astrológica la transmisión se mitificó en un personaje llamado Beroso, quien seguramente simboliza la diáspora de los matemáticos caldeos subsiguiente al hundimiento del imperio:

          Debe concederse que podemos conocer los efectos que los doce signos, el Sol, la Luna y los cinco planetas tienen sobre el curso de la vida humana a partir de la astrología y los cálculos de los caldeos. El arte geneatlíaco, que les permite descubrir acontecimientos pasados y futuros mediante cálculos astronómicos, es propiamente suyo. Son muchos los que han surgido entre el pueblo caldeo que nos han dejado sus descubrimientos, los cuales están llenos de agudeza y sabiduría. El primero fue Beroso, quien se estableció en la isla de Cos y enseñó ahí(12).

         Toda la Astrología occidental que conocemos se resume en la compilación que llevó a cabo Claudio Ptolomeo en el siglo II; su modelo astronómico del mundo, la geografía y la óptica, incluso un tratado sobre las armónicas, dominaron el panorama intelectual hasta el Renacimiento europeo. Ptolomeo vivió y realizó su obra en Alejandría (Egipto), pero podemos considerarlo griego a todos los efectos. Veamos que dice de él el traductor al castellano actual de la obra que más nos interesa, el Tetrabiblos (Quadripartitum medieval):

         No podemos considerar a Ptolomeo un hombre original, y tampoco él lo pretende; siempre hace referencia, cuando las conoce, a las fuentes, o bien las da como desconocidas pero anteriores a él. Logró recopilar, sobre todo en Astrología, los conocimientos de su tiempo y precedentes, dándoles forma coherente y haciéndolos comprensibles, puesto que él mismo no llegaba a entender su fundamento real y, ante la dificultad, racionaliza los hechos tratando de explicarlos...

         A pesar de todo, la Astrología propiamente dicha en Occidente empieza de súbito ex nihilo en Ptolomeo, y en 1.800 años de historia nada nuevo se inventa al respecto, salvo pequeños perfeccionamientos y ajustes astronómicos para las tablas de movimientos de los planetas y para arreglar las posiciones de los astros que habían variado por el movimiento de Precesión de los Equinoccios. Y probablemente ocurre así porque su texto refleja lo que quedaba en su tiempo de la gran cultura astrológica del Medio Oriente, en especial de Babilonia, y su libro constituye una ventana, la única, abierta a tales conocimientos, habiéndose llegado a unas reglas empíricas inamovibles que resultaban útiles(13).

         Más allá de Ptolomeo escasa cosa ha llegado hasta nosotros que añada algo distinto a su Tetrabiblos; poco antes de él tenemos el Astronomicon, de Marcus Manilius, escrito en los primeros años de nuestra Era; Carmen astrologicum, de Doroteo de Sidón, que vivió igualmente en el siglo I, etc. Pero vemos ya en esas obras una ciencia en franca decadencia, y de ello se quejarán los astrólogos en la Edad Media al comprobar las discordancias existentes entre los diversos autores.

         Sabemos a través de Diodoro (2, 29) el modo en que aprendían los caldeos, a diferencia de los griegos, tal vez una de las claves necesarias para comprender las altas cotas a que llegaron en materia científica:

         La filosofía de los caldeos es de tradición familiar; el hijo que la hereda de su padre está exento de toda carga pública. Como los preceptores son sus propios padres, tienen la ventaja de aprender sin límites todos esos conocimientos y dar mayor crédito a las palabras de sus maestros. Habituados al estudio desde la infancia, avanzan rápidamente en astrología bien a causa de la facilidad con que se aprende a esa edad, bien porque tienen más años para estudiar... Los caldeos, manteniendo siempre la misma ciencia, reciben, sin alterar, la tradición; los griegos, por contra... se contradicen entre ellos acerca de las más importantes doctrinas(14).

         Una referencia segura para conocer estos asuntos es la monumental obra de Auguste Bouché-Leclercq, L'astrologie grecque, publicada en 1899 y reeditada en 1979; pero, en pleno delirio racionalista, contiene comentarios como el siguiente, que dan idea del clima de hostilidad existente contra la ciencia del influjo de los astros en esa época:

         Lo que es verdad de las supersticiones en general lo es también con mayor razón de la astrología, que ha intentado enlazar de una manera cualquiera las ciencias exactas, a la "matemática", los esfuerzos más aventureros de la imaginación. La astrología, una vez muerta -creo que lo está, pese a las tentativas realizadas recientemente para vivificarla- ha sido tratada con un desdén que no tiene comparación con otras cuestiones de importancia histórica infinitamente menores(15).

         Volveremos más adelante a este autor, dejando de lado algunos deslices como el que acabamos de exponer. Entretanto, recordemos que estamos hablando de una época donde Roma dominaba toda la cuenca mediterránea con poder absoluto; más tarde llegó el cristianismo, heredero intelectual del expansionismo romano, y la caída del Imperio y la barbarización de Europa.

         A la ciencia griega, basada en altas especulaciones matemáticas y filosóficas, siguió un período más inclinado hacia el misticismo, donde el conocimiento se obtenía preferentemente por intuición o iluminación (teurgia, contacto con la divinidad). Fueron tiempos en los que se reavivaron el neoplatonismo, el hermetismo y la gnosis.

         La ciencia del influjo de los astros, nacida de la mano de la Religión y de la Magia (época de las religiones sidéreas, período sabeo), perdió también parte de su componente racional para inclinarse igualmente hacia terrenos  difícilmente imaginables para nosotros en la actualidad. El cristianismo, por su parte, adoptó la cosmología de la época que le vio nacer, de base netamente astrológica; pero tampoco mostró especial inclinación hacia lo científico y se sumió en la corriente mística de los primeros siglos de nuestra Era. De ahí los fuertes conflictos ideológicos que tuvo con el paganismo, a lo largo de no pocas ocasiones terminados en baños de sangre.

         Dentro de la Iglesia romana el único vínculo que quedó con la ciencia racional fue la inquietud por poder calcular correctamente la primera luna llena de la primavera, requisito necesario para celebrar la Pascua con arreglo a las normas dictadas en el Concilio de Nicea (año 322). Fue un problema que duró siglos sin resolver adecuadamente, lo que nos da idea de la precariedad de los cálculos astronómicos de la época. Eso sí, tanto Julio César para llevar a cabo la reforma del calendario en el año 45 a.C., como los papas para datar la Pascua tras el Concilio de Nicea, recurrieron a astrónomos alejandrinos, o sea, griegos, lo que nos da idea de dónde radicaba la ciencia en esa época.

         Con la caída del Imperio romano Europa quedó sumida en la barbarie y la ignorancia (siglo V); no sólo desapareció la cultura (de base griega, los romanos fueron buenos legisladores y técnicos, pero mostraron escasa o nula inclinación científica), sino que se perdieron numerosas tierras de cultivo y, sobre todo, vías de comunicación. Reapareció la malaria al dejarse de sanear algunos terrenos, y viajar se hizo peligroso, con los caminos llenos de bandidos; el comercio y los intercambios culturales se vieron reducidos a mínimos, surgiendo así lo que ha dado en llamarse la edad oscura.

         San Isidoro de Sevilla (560-636) constituye una excepción en este clima de decadencia y desconfianza hacia la ciencia; en las Etimologías habla del Zodíaco y admite cierto influjo de los astros sobre la Tierra y sus habitantes. Defiende la "astrología natural", la que trata de los efectos del Sol a lo largo del año y las cuestiones calendáricas, condenando la "adivinatoria", que pretende conocer el destino de los individuos.

         En este clima nada favorable al conocimiento racional el emperador Justiniano mandó cerrar por real decreto las antiguas escuelas griegas de filosofía el año 529, pese a que apenas si enseñaban ya un neoplatonismo bañado de misticismo y elementos cristianos.

         Lo poco que quedaba de los antiguos conocimientos se refugió en los monasterios, a la espera de que volvieran tiempos más propicios al rebrote de la cultura en Europa.  

 

         Los árabes y su transmisión a Europa en la Edad Media

         El hundimiento de la ciencia y de los modos de vida fue general; a la par que la cultura y la ciencia alcanzaban en Europa su nivel más bajo, en Bizancio y en los países del Oriente Próximo y Medio -Siria, zona del Golfo Pérsico- sobrevivió un notable foco cultural mezcla de elementos griegos, romanos y judíos. Uno de sus primeros centros fue la escuela persa de Jundishapur, lugar donde encontraron refugio tanto los cristianos nestorianos acusados de herejía en 489 como los neoplatónicos que abandonaron Atenas cuando fue clausurada la Academia en 529.

         Fue éste el lugar donde se recuperaron la ciencia y la filosofía griegas, que a la vez entraron en contacto con las de India, Siria y Persia. Más tarde serían los árabes quienes retomarían la antorcha, y gracias a las traducciones de toda obra antigua que encontraron y también de sus propios logros, reintroducirán en Europa el conocimiento perdido. La conexión islámica con la Península Ibérica es una de las claves para comprender cómo la ciencia y la cultura orientales reaparecieron en Europa después de 1200 años de la caída de Babilonia, aunque fuese filtrada en su mayor parte a través de los autores griegos; ahí están presentes todavía en la arquitectura medieval numerosos elementos orientalizantes, y, por supuesto, aquellos que sólo son interpretables bajo el prisma de ese conocimiento y de esa cosmología.

         Tenemos el arco de medio punto y la bóveda de cañón en la arquitectura románica (esferas planetarias concéntricas de Eudoxo), el mozárabe (excéntricas de Ptolomeo), los epiciclos planetarios (claustro de San Juan de Duero, en Soria), Júpiter en la puerta de entrada de San Pedro de la Rúa, en Estella, con sus once lóbulos (los que traza el planeta en el cielo durante una revolución zodiacal completa), etc. El templo medieval reproduce a escala el macrocosmos (cielos planetarios), para tratar de imitar su efecto sobre el hombre; de ahí que se construya en base a proporciones armónicas (y no por simple cálculo de resistencia de materiales), esté orientado (con el ábside invariablemente hacia el Este) y contenga múltiples elementos astronómicos, reales y simbólicos, expresados a través de la propia doctrina cristiana, que no era ajena al clima cultural de la época.

         En la Edad Media se puede decir que todo viene de Oriente, con los árabes o los cruzados como mensajeros; traen la Geometría, la Aritmética, el Álgebra, la Trigonometría, la Alquimia, la Medicina hipocrática y numerosas obras griegas, traducidas al árabe, de todo tipo. Platón, Aristóteles, Euclides, Ptolomeo y tantos otros autores, que se habían perdido para Europa durante varios siglos, vuelven a ser leídos, y sobre todo ansiados y buscados con avidez en el mundo cristiano más al Norte de los Pirineos, sumido aún en el letargo cultural:

         Entretanto, no era ningún secreto en Europa el que en su retirada [con la Reconquista] los musulmanes habían dejado en manos cristianas buen número de libros, libros que los europeos del Norte de los Pirineos -no parece que pensaran lo mismo la mayoría de clérigos españoles, que preferían guerrear a leer- deseaban poder estudiar. Por ello, un número importante vino a la España cristiana (no a la musulmana, en donde había aún mejores bibliotecas), aprendió árabe y fue capaz de traducir los libros que les prestaban los obispos, quienes los habían requisado de las bibliotecas de los vencidos(16).

         Un elemento clave de la transmisión fue el sistema de numeración (de donde proviene el utilizado actualmente), en el que el valor de un número depende de la posición que ocupa (unidades, decenas, centenas, etc.); no lo conocieron ni los griegos ni los romanos, pese a proceder de los sumerios (tercer milenio antes de nuestra Era). De allí pasó a la India, de donde lo tomaron los árabes.

         Este sistema es clave para realizar cálculos, desarrollar ecuaciones y, en general, toda la matemática aplicada. El conocimiento científico cristiano, comparado con el árabe, resultaba ciertamente incipiente, lo cual puede comprobarse comparando obras de unos y otros escritas simultáneamente; el Tractat d'astronomia de Ramon Llull, o la Nova Geometria, del mismo autor, están por debajo de otras obras coetáneas similares del mundo árabe.

         En medio de una explosión cultural y social que hicieron de Córdoba la capital del mundo en su tiempo, la Astrología fue una de las ciencias en la que destacaron los sabios musulmanes; pero esa ciencia de las estrellas venía básicamente de la mano de Ptolomeo y pocos autores más, es decir, se trataba de ciencia griega traducida, o sea, caldea, a la que sin duda hicieron alguna aportación. El Tetrabiblos y el Almagesto (Syntaxis Megalé o Gran Composición) eran lo más avanzado de la ciencia astronómica (y astrológica) de esos momentos; el mismo Alfonso X, rey de Castilla, dedicó buena parte de sus esfuerzos a traducir al castellano y al latín buena parte de la astrología musulmana en el siglo XIII. Bajo su supervisión se realizó entre otras obras El libro conplido en los iudizios de las estrellas, de Aly Ben Ragel, un compendio de la astrología medieval cuyo manuscrito se halla en la Biblioteca Nacional. En 1954 fue publicada su transliteración por el hispanista norteamericano Gerold Hilty; 1997 conoció nada menos que dos adaptaciones al castellano moderno de esta obra y en 2004 se estaba traduciendo al ruso, una de las pocas lenguas europeas importantes a las que no se había asomado esta conocida obra. Así que, el revival astrológico parece atravesar actualmente un buen momento.

         Un elemento importante del Libro Conplido es que nos habla de discrepancias en la doctrina astrológica desde los mismos autores griegos, o sea, que con ellos la ciencia del influjo estelar ya había entrado en decadencia; a este asunto le dedica un apartado del quinto Capítulo del Libro I, Aphorismos en las desacordanças de los sabios antiguos. En él cita a Tolomeo, Dorocius (Doroteo de Sidón), Vuelius (Vetius Valens de los latinos) y Hermes, a los que suma otros más actuales de entorno cultural (Messeallah, Atebary y Abnelfarhan).

         Nos interesa resaltar aquí que, bajo el aparente esplendor de la ciencia musulmana medieval, la precariedad de las observaciones y de los cálculos astronómicos se hace a los ojos actuales bastante evidente, y ello por dos razones: una, la de la falta de un aparato matemático adecuado (para tratar con ondas, o sea, cálculo vectorial, análisis armónico, números complejos, etc.), y otra la carencia de instrumental de precisión (el telescopio no vino hasta el Renacimiento, en el siglo XVI).

         Los fallos en las predicciones de los astrólogos se achacaron por lo general a estos defectos de los cálculos y no a fallos de la doctrina (salvo alguna excepción, como Maimónides, que atacó la astrología adivinatoria desde su conocimiento a fondo de la misma). Estos fallos tuvieron como efecto positivo la estimulación de los avances, tanto astronómicos como matemáticos.

         Podemos hacernos idea de la dificultad y farragosidad de los cálculos que implicaba el levantamiento de un horóscopo en la Edad Media; obtener la posición de un planeta con las Tablas Alfonsíes requería una media hora de trabajo para un calculador experimentado, y levantar un horóscopo completo alrededor de cuatro horas(17). En muchos casos los astrólogos se conformaban con calcular las posiciones medias de los planetas mediante reglas sencillas, no las posiciones verdaderas; dicho de otro modo, era suficiente para ellos determinar el signo donde se encontraba el planeta.

         Utilizar el Zodíaco fijo (virtual) y el estelar como referencia también contribuía a cometer errores o confusiones; de hecho, estaban en uso dos sistemas que, por ejemplo, a la hora de determinar la entrada del Sol en los signos (y por tanto de las estaciones), llevaba a discrepancias de unos seis días en el siglo XI (teoría de la observación y del Sindhindi, esta última traída por los astrónomos árabes de la India).

         La falta de precisión en la determinación de solsticios y equinoccios (o, lo que es lo mismo, la inseguridad en el cálculo del comienzo de los cuadrantes astronómicos del año) llevó a la utilización de los grandes edificios religiosos cristianos como observatorios astronómicos (líneas meridianas). El procedimiento consistía en abrir un pequeño agujero en una pared bien orientada al Sur, y seguir la mancha luminosa sobre el suelo en el momento de pasar el Sol por el Meridiano (12 horas del reloj de Sol). El círculo de luz dibuja a lo largo del año un movimiento de vaivén que determina una línea recta en el suelo, bien observable dada la oscuridad de las iglesias; la más cercana a la pared exterior se produce el día del solsticio de verano (máxima altura anual del Sol), y la más alejada en el solsticio de invierno (altura mínima). La determinación de los equinoccios tenía otros instrumentos procedentes de la Astronomía ptolemaica, como las armillas metálicas o el cuadrante. Peor o mejor conservados, adminículos de este tipo o similares proliferan aún a lo largo y ancho de las iglesias y catedrales cristianas; son especialmente notables por sus contenidos y estado de conservación los de San Petronio en Bologna, Santa Maria del Fiore, Santa Maria degli Angeli en Roma y el Duomo de Palermo. Las grandes dimensiones de este tipo de instrumental tenía por objeto afinar las medidas y evitar errores en la datación de la Pascua, aunque también se determinase con él la inclinación de la eclíptica y la duración del año.

         Si esto sucedía con tales elementos astronómicos en los templos cristianos, los avances de la Astronomía tenían como objeto exclusivo evitar errores en las predicciones astrológicas, atribuidos como dijimos a deficiencias en la determinación de la posición exacta de los astros. El esfuerzo del equipo reunido por Alfonso X el Sabio cristalizó en la confección de las Tablas alfonsíes, ya citadas, y muy utilizadas en toda Europa hasta que Copérnico elaboró su nuevo modelo del mundo en el siglo XVI.

         Durante el siglo XIII ya se sabía que la astronomía de Ptolomeo llevaba a discrepancias entre la predicción y la observación, pero casi nadie cuestionó el modelo, consistente en considerar la Tierra en reposo y los orbes planetarios girando a su alrededor en un complicado sistema de deferentes excéntricos y ecuantes. El modelo astronómico estaba vinculado estrechamente al religioso desde la Antigüedad; en él se consideraba que los mortales habitaban la Tierra, los dioses y las almas de los justos el Olimpo, y las de los injustos los Infiernos. Ya era así en tiempos del griego Aristarco de Samos (-310/-230), que al atreverse a proponer un sistema con el Sol ocupando el centro del mundo fue tachado de caer en la impiedad. En el mundo islámico, Bassar b. Burd fue castigado por unos versos en los que se decía que la Tierra es oscura y el fuego brillante (primacía del Sol, del cual se habían creado los ángeles, sobre la Tierra), contradiciendo al Corán 2, 32-34, donde se afirma que Adán (formado de tierra) está por encima de los ángeles en la jerarquía. Por ello se le acusó de mazdeísmo y murió a causa del suplicio con el que fue castigado(18).

         La Astronomía siguió su avance imparable, y en el siglo XV, el auge del comercio y de la navegación marítima añadió un nuevo aliciente para perfeccionar las tablas y las observaciones de las estrellas; eran los albores del Renacimiento. Con la llegada de la imprenta comenzó una verdadera explosión literaria (intercambios de tipo intelectual), y pocos años después Europa descubría el Nuevo Mundo. La precisión astronómica se hacía más necesaria que nunca para ubicar las naves en sus travesías mediante la medida de la altura del Sol (determinación de la latitud de día) y de las estrellas por la noche.

         La Astronomía avanzaba, pero no así la Astrología, estancada en la repetición y copia de las obras antiguas; sin nuevas observaciones del influjo de los astros, sin nuevas teorías, el modelo de las esferas planetarias, de la unicidad básica de la naturaleza, de la armonía y la sintonización entre Cielo y Tierra como postulados básicos de la ciencia antigua, ésta se fue fosilizando en sus viejos dogmas.

         Aún así siguió presente en la sociedad unos siglos más, hasta desaparecer casi por completo del panorama científico.   

  

         El declive renacentista

         Durante los siglos XVI y XVII la vida europea sufrió una auténtica revolución en todos los órdenes. Vamos a centrarnos aquí en algunos aspectos particulares y poco conocidos del declive de los viejos conceptos, desmintiendo también ciertos errores corrientes que circulan por ahí sin ningún fundamento objetivo.

         Suele atribuirse la caída de la ciencia antigua (y con ello de la Astrología) al esfuerzo combinado de ciertos autores, básicamente Nicolás Copérnico, Galileo Galilei, Johannes Kepler e Isaac Newton. Ello es cierto solamente en parte, y veamos el motivo, porque no se pueden afirmar unas cosas callando otras si queremos aproximarnos mínimamente a la verdad. No podemos entrar en la consideración de estos autores desde nuestro propio tiempo, ignorando el momento que les tocó vivir, si queremos acercarnos a su verdadero modo de pensar y enfocar las cosas correctamente. Es cierto que los cuatro citados, y otros de la misma época, dieron un golpe de manivela que cambió radicalmente el modo de ver el mundo, pero ésa no fue en absoluto su intención, ni trabajaron con ese objetivo.

         La Historia de la Ciencia no ha aclarado las motivaciones últimas que llevaron a Copérnico a proponer un modelo del mundo con el Sol en el centro y la Tierra girando a su alrededor; lo que sí sabemos con seguridad es que conocía bien el sistema astrológico por haberlo estudiado, como cualquier hombre culto de su tiempo, y que, pese a desafiar una cosmovisión que llevaba vigente desde hacía catorce siglos, su nuevo modelo seguía estando compuesto de esferas planetarias, no de simples planetas orbitando alrededor del Sol, como se concibe en la actualidad. Este detalle, fundamental para nosotros, es sistemáticamente ignorado por los críticos de la Astrología.

         A Galileo Galilei se lo quiere hace pasar por detractor de esta última, cuando lo cierto es que conocía sus técnicas; pero tuvo la mala suerte de predecir el 16 de enero de 1609 larga vida a su protector el gran duque de Toscana, Fernando I de Médicis (nacido en 1549), quien murió pocas semanas después(19). El carácter agrio de Galileo lo llevó a una oposición visceral frente a las creencias de los astrólogos. Pero aún fue más radical su intransigencia con los escolásticos, para entendernos, los científicos ortodoxos de su época. Galileo se mostró revolucionario por acometer el estudio de los fenómenos naturales casi como lo hacemos hoy, mediante la aplicación del cálculo matemático y la experimentación.

         Las obras de  Aristóteles fueron conocidas nuevamente en Europa a través de las traducciones de los árabes; en el siglo XIII Santo Tomás de Aquino tuvo una gran incidencia sobre el pensamiento medieval reconciliando la ciencia aristotélica, especialmente la Física, con la teología cristiana. A través de su Summa Theologica Aristóteles se convirtió en una autoridad indiscutible tanto en materia filosófica como científica. Los seguidores de Santo Tomás fueron conocidos con el nombre de "hombres de escuela" o "escolásticos", estableciéndose como autoridad indiscutible en las universidades europeas surgidas de la Edad Media.

         En De coelo, Aristóteles establece una división radical entre el mundo terrestre y el celeste; para él, el terrestre o inferior está constituido por cuatro Elementos (Tierra, Agua, Aire y Fuego), es pasivo y se halla sujeto a la circulación de los siete orbes (esferas planetarias) con sus siete estrellas errantes, más la octava de las estrellas fijas, que son activas y determinan los sucesos terrestres. El cielo está hecho de un quinto Elemento o Quintaesencia. Para Aristóteles las esferas constituyen "inteligencias separadas" (siguen un orden perfecto) que, en versión de las tres grandes religiones monoteístas son "ángeles" o intermediarios entre la voluntad divina y los humanos que viven en la Tierra.

         Esta cosmología la repiten la mayoría de tratados medievales con ligeras variantes y tiene también fuertes connotaciones religiosas; para las religiones astrales de la Antigüedad las almas de los hombres son de naturaleza celeste, de allí vienen para encarnar en un cuerpo terrestre, y hacia allí parten con la muerte. La Tierra constituye un lugar de paso y todo lo que hay en ella nace para morir (está sujeto a generación y corrupción); el cristianismo ubicará los santos más allá de las estrellas, y, presidiéndolo todo, Cristo Pantocrator.

         En esta cosmología, de acuerdo con Platón y otros autores, los planetas, el Sol y la Luna, son dioses (agentes creadores y gobernadores del mundo inferior); sus cuerpos, perfectamente redondos; los movimientos, perfectamente circulares y uniformes (velocidad angular constante). El cielo, con todo lo divino que contiene, es eterno e inmutable, no puede haber cambios en él, ni generación ni corrupción. Por contra, en la Tierra los cuerpos se mueven en línea recta (caen siguiendo la vertical), buscando "su lugar natural". A más peso, descienden con mayor velocidad (Aristóteles); por supuesto, la Tierra permanece inmóvil, como "precipitado" y sujeto pasivo que es del mundo superior.

         Galileo desarrolló una nueva Cinemática, aplicando ecuaciones al movimiento de los cuerpos, tal como estudian hoy nuestros estudiantes de Secundaria; desde la famosa torre de Pisa verificó que no por ser más pesado un cuerpo desciende con mayor velocidad, lo cual contradecía a Aristóteles y todos sus seguidores escolásticos. A través del telescopio comprobó que el Sol mostraba manchas variables de un día para otro (cosa ya conocida en China miles de años atrás), que la Luna poseía un relieve muy accidentado, con mares y montañas, que Venus presentaba fases al igual que la Luna y, lo más sorprendente, que alrededor de Júpiter se movían cuatro pequeños satélites.

         ¡Los cielos inmutables de la cosmología aristotélica presentaban variabilidad, y los dioses, algunas imperfecciones! Por si fuera poco, las lunas de Júpiter rompían el esquema del "esotérico número siete", el gran dogma de la ciencia antigua, ya en franco declive:

         Hay siete ventanas en la cara, dos ventanas en la nariz, dos orejas, dos ojos y una boca; así en los cielos hay dos estrellas favorables, dos no propicias, dos luminarias, y Mercurio solo, indiferente e indeciso. De lo cual y de otros muchos fenómenos similares de la naturaleza como los siete metales, etc., que sería tedioso enumerar, llegamos a la conclusión de que el número de planetas ha de ser necesariamente siete... Además, los judíos y otras naciones antiguas, y también los modernos europeos, han adoptado la división de la semana en siete días que los llaman por los nombres de los siete planetas; ahora bien, si enumeramos el número de planetas, este sistema cae por su base... Además, los satélites son invisibles a simple vista y por tanto no pueden tener influencia sobre la tierra, luego no existen(20).   

         Vemos el grado de simpleza y soberbia que puede alcanzar la mente humana cuando se la pone en apuros. Galileo dedicó una preciosa y combativa obra a la defensa del modelo heliocéntrico de Copérnico y a sus propias ideas en materia de Física y Astronomía, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano(21). Su decidida defensa de las propias ideas lo llevó a la condena de la Iglesia Romana a retractarse de ellas un 22 de junio de 1633; previamente, De revolutionibus de Copérnico había sido condenado el 3 de marzo de 1616. 

         Nuestro siguiente personaje, Kepler, es otro de los que echaron los cimientos de la Física moderna, pese a ser astrólogo convencido y practicante, con una evidente inclinación pitagórica y mística; para comprobarlo basta acudir a sus obras, que se siguen publicando con cierta regularidad, lo cual no ha sido obstáculo para que algunos críticos hayan tenido la osadía de afirmar livianamente que condenó la Astrología y que, si hacía horóscopos y publicaba predicciones anuales del tiempo basándose en las efemérides y aspectos planetarios, era por necesidades económicas.

         Lo cierto es que Kepler constituye el último gran investigador europeo en materia astrológica, uno de los pocos de su tiempo que indagaron e hicieron ciencia sobre el influjo de los astros en la Tierra y sus habitantes; no por casualidad varios programas informáticos astrológicos y alguna editorial dedicada a esta misma materia llevan su nombre.

         Kepler contribuyó a la quiebra de los dogmas arrastrados por la escolástica con las tres leyes físicas que llevan su nombre (y, por cierto, nuestros bachilleres siguen estudiando); las finas observaciones astronómicas de Tycho Brahe, con quien colaboró, le llevaron a su descubrimiento. Las dos primeras eran demoledoras para la Física aristotélica: las órbitas de los planetas no son circulares, sino elípticas, (aunque de baja excentricidad) y el Sol ocupa uno de los focos, contradiciendo tanto la posición y fijeza de la Tierra como el hecho de que los dioses, por el hecho de serlo, sólo puedan trazar círculos perfectos. La segunda afirma que los planetas no viajan a velocidad constante, sino que se aceleran en el perihelio (mínima distancia al Sol) y se frenan en el afelio (distancia máxima).

         Como vemos, ni una ni otra contradicen los principios básicos de la ciencia antigua, sino cierta manera de atajar el  problema de determinar el movimiento de los astros por el cálculo matemático, y menos aún la posibilidad del influjo planetario, uno de los asuntos que atajó Kepler en sus obras (Mysterium Cosmographicum [El secreto del universo], Harmonices mundi [Los armónicos en el mundo], De fundamentis astrologiae certioribus [De los fundamentos muy ciertos de la astrología]).

         Algo después de Kepler en la actual Polonia trabajó Newton en Inglaterra; él echó definitivamente las bases de la Física moderna con el éxito apabullante de sus leyes de la Mecánica, de la Gravitación, de la Óptica, etc. Con él nació un mundo, el "mundo newtoniano", que dominará el panorama de la Física hasta el siglo XX. Sólo entonces aparecerán brechas en este edificio que parecía sólido y definitivo.

         Newton fue demoledor para la Física aristotélica, que ya empezaba a mostrar carencias y errores, y sobre todo para su cosmología, con la ley de Gravitación universal; en ella, la misma ecuación sirve para describir la caída libre de un cuerpo en las proximidades de la superficie terrestre y el movimiento de la Luna, arruinando el dogma de que las leyes del mundo terrestre nada tienen que ver con las del celeste.

         La Mecánica de Newton se mostró acabada y completa para describir la dinámica de los cuerpos (caída libre, movimiento de proyectiles, rozamiento, rotación, efecto giroscópico, etc.); de ella se pueden deducir las tres leyes empíricas de Kepler y mejorar enormemente las lagunas que aún dejan los cálculos astronómicos con el nuevo modelo heliocéntrico de Copérnico. Sus descubrimientos e interpretaciones en materia de Óptica deslumbraron a las nacientes academias científicas que empezaban a surgir por Europa, y no sólo eso, sino que estimularon su crecimiento en los próximos siglos.

         Parecería por tanto que Newton puede ser considerado un hombre de nuestros días, o un adelantado a su tiempo, pero esto nos puede llevar a espejismos de tipo intelectual; no sólo no era racionalista, sino que se hallaba en las antípodas intelectuales del pensamiento mecanicista a que su obra dio origen. Los propios historiadores de la ciencia nos ponen en guardia sobre ello. Newton no sólo creyó, sino que cultivó la Astrología y la Alquimia, cosa muy natural en sus días; y no trabajó por lucimiento personal, ni por ambición de dejar escrito su nombre para el futuro, ni por deseo de riqueza. Dejemos que sea él mismo quien lo diga:

          ...el principal objeto de la filosofía natural es argüir a partir de los fenómenos, sin hipótesis preconcebidas, y deducir las causas de los efectos, hasta llegar a la misma Causa Primera, que ciertamente no es mecánica; y esto no por el deseo de desligar el mundo de la mecánica, sino para resolver principalmente éstas y análogas cuestiones. ¿Qué hay en los lugares casi vacíos de la materia, y de dónde viene que el Sol y los planetas graviten entre sí, sin materia densa entre ellos? ¿De dónde que la Naturaleza no haga nada en vano? ¿Y de dónde surge el orden y belleza que vemos en el mundo? ¿Cuál es el fin de los cometas y por qué los planetas se mueven todos del mismo modo según órbitas concéntricas, en tanto que los cometas lo hacen según una gran variedad de órbitas de gran excentricidad? ¿Y qué impide a las estrellas fijas caer unas sobre otras? ¿De dónde viene que los cuerpos de los animales estén formados con tal arte y con tal fin sus distintas partes? ¿Fue formado el ojo sin habilidad para la óptica y el oído sin conocimiento del sonido? ¿Cómo provienen los movimientos del cuerpo de la voluntad y de dónde les viene el instinto a los animales? ¿No es la sensibilidad aquel lugar en que se encuentra la substancia sensitiva en los animales y al cual se transmiten las especies sensibles de las cosas por medio de los nervios y el cerebro para ser allí percibidas por su presencia inmediata ante la substancia? Y estando todas estas cosas tan rectamente establecidas, ¿no aparece claro de los fenómenos, la existencia de un Ser incorpóreo, Viviente, Inteligente, Omnipotente, que, en el espacio infinito, como si allí estuviera su sensibilidad, ve lo íntimo de las cosas, las percibe y comprende totalmente por su inmediata presencia ante Él, y solamente las imágenes de las cosas transmitidas por el órgano del sentido a nuestra pequeña sensibilidad son vistas y percibidas por aquello que en nosotros piensa y percibe? ¿Y no nos lleva todo paso en esta filosofía al conocimiento inmediato de la Primera Causa y también más cerca de ella, y por eso ha de tenerse en gran estima?(22).

         En una carta escrita en 1692, Newton da cuenta a un amigo de las intenciones que le llevaron a escribir los Principios matemáticos de filosofía natural, una de sus obras más notables:

         Cuando escribí mi tratado [Principia, 1687] acerca de nuestro sistema, tuve la intención de que los principios expuestos llevaran a los hombres a la consideración de la fe en una Divinidad; y nada me ha alegrado más que saberlos útiles para mí propósito(23).

         Nuestro modo de ver las cosas desde el pensamiento actual distorsiona la visión real del creador de la propia ley de la gravitación, que, cristiano convencido, en el escolio final de los Principia decía nada menos lo siguiente:

          Los seis planetas principales giran en torno del Sol en círculos concéntricos al Sol, con la misma dirección de movimiento y aproximadamente en el mismo plano... Y todos esos movimientos regulares no tienen un origen debido a causas mecánicas... Tan elegante combinación del Sol, planetas y cometas sólo pudo tener origen en la inteligencia y poder de un ente inteligente y poderoso...

         Él [el Sol] lo rige todo, no como alma del mundo, sino como dueño de todos. Y por su dominio, suele ser llamado señor dios Pantocrator(24)...

         Al final de su Opticks se reafirma en esta idea admitiendo que las perturbaciones producidas en las órbitas planetarias por las atracciones mutuas de los planetas terminarían, sin el vigilante control de la Providencia, por destruir el orden en el Sistema Solar(25).     

        

          La posición de la Iglesia

         Tanto las Iglesias cristianas, como el judaísmo y el islamismo, han mantenido relaciones difíciles con los cultivadores de la ciencia del influjo de los astros, y ello porque éste pone en entredicho tanto la voluntad divina como la libertad de elección en los humanos. En todo tiempo y lugar hay sujetos para los que las cosas sólo pueden ser blancas o negras, cuando la realidad es mucho más rica y variada; Ptolomeo, la gran autoridad de la Astrología occidental, ya deja claro el problema al sentar que "los astros inclinan, pero no obligan".

         Enrique de Villena, en su Tratado de Astrología (1428) nos dice que:

          ...se parte en dos partes, conviene saber, en astrologia, que trata del movimiento de todos los çielos, juzgando los temporales antes que vengan, et de aquésta non es duda; la otra es de elecçiones, et aquésta es más sotil e mala de aver. Et sobre aquésta es opinión si la podemos usar sin pecado o non; et por aquésta son conoçidos los nasçimientos de los omnes e los morbos epidimios, guerras e muertes de los reyes, e otras muchas cosas, segúnt la sçiencia lo espone, lo qual repruevan algunos doctores de sancta Yglesia(26).             

         En el Libro del Buen Amor, el Arcipreste de Hita también nos da su opinión al respecto:

         Yo creo los astrólogos verdat naturalmente;

         pero Dios, que creió natura e acidente,

         puédelos demudar e fazer otramente:

         segund la fe católica yo desto so creyente(27).

         Este clima de relativa tolerancia se rompió con la llegada del Concilio de Trento. Curiosamente, De Revolutionibus Orbium Coelestium de Copérnico, publicado en 1543, estaba dedicado a Paulo III, el papa que, tras varios intentos, pudo convocar finalmente ese concilio rompedor en 1545. Durante 1559 Paulo IV creó el Índice de Libros Prohibidos, y en 1563 fueron establecidas las reglas para evaluar qué textos se iban a incluir en él.

         Hemos hablado de múltiples detalles constructivos astronómicos en los templos cristianos, incluso de cosmología plenamente astrológica; el dios Jano se halla presente en algunas catedrales, al igual que los signos del Zodíaco, las esferas planetarias, representaciones de los ciclos sinódicos, etc. El Concilio de Trento prohibió expresamente en ellos cualquier alusión ajena al cristianismo más ortodoxo. Así que, parejo al declive astrológico de los siglos XVI y XVII, y al auge del nuevo paradigma científico, se unió para rematar a la ciencia de los influjos estelares con una última estocada la Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana (y la Reformada de Lutero jugó un papel similar).

         Un documento de la Inquisición de 1584, Parecer de la Astrología y regla novena del catálogo, condena el uso de la magia y de la hechicería en España, pero aún mantiene lo siguiente en materia astrológica:

          Muy Ilustrísimo y Reverendísimo Señor:

         Con esta Regla 9 que el santo Oficio ha establecido con comunicación de algunos doctos sobre la comunicación al parecer desordenada de la Astrología, digo que cuanto la causa es más pía y los motivos al parecer son más urgentes tanto sería su prohibición más dañosa y de mayores inconvenientes que temo se recrecerían (aunque solo los doctos muy prácticos experimentados en Astrología pueden advertir, aunque no bastan doctos bien fundados y sin experiencia de las varias cosas que siempre se ofrecen en largos discursos) y así es necesario preceda en ello la consideración que pide la cualidad del negocio, porque de donde se pretende solamente acertar en el remedio de algunos abusos (que no los niego) podrían ser mayores y más irreparables los que de nuevo se recreciesen, que los que se desean evitar...

          Permítense los libros tratados y escritos que nos enseñan por los nacimientos y sus direcciones, revoluciones, profecciones y tránsitos de los planetas, conocer las inclinaciones, condiciones, cualidades corporales y enfermedades de los hombres y los accidentes y efectos que en ellos natural y físicamente por los movimientos de los cielos se acusan, resultan, significan y entienden, por los discursos de las varias comisiones de los planetas y sus aspectos y movimientos.

         También se permiten los libros tratados y escritos necesarios así para el conocimiento de los tiempos y sucesos generales del mundo, como para las elecciones y naturales observaciones que según los cielos y estrellas y sus varios movimientos tienen respecto correspondencia y armonía con los nacimientos y revoluciones, así de nacimientos como del mundo considerando que todo lo que así por buena y lírica Astrología se permite, puede ser y no ser y que solo se procede en ella con conjeturas falibles.

         Asímismo se permiten los juicios y naturales observaciones que son necesarios y convienen a la Medicina, Agricultura, Edificaciones y Navegaciones(28).   

         Este clima de relativa permisividad terminó tan sólo un año después, cuando el papa Sixto V, en 1585, promulgaba su Coeli et Terrae, en la que prohibía "todas las artes que provienen de los futuros eventos, a excepción de aquellas que por causas naturales necesariamente o frecuentemente se siguen". A partir de entonces, según la Iglesia Romana, la Astrología será lícita y permitida siempre que se aplique a la Medicina, Agricultura y Navegación, pero caerán en delito "los astrólogos que con vana superstición por observancia del día de nacimiento o otro, presuman y afirmen el estado, condición, duración de vida, honra, riqueza, sucesión, salud, muerte, caminos, peleas, enemistades, cárceles, azotes, varios delitos y otros casos prósperos y adversos de los humanos, atribuyendo a los astros lo que nace de la libre voluntad de ellos, debiendo saber que las estrellas se hicieron por el hombre y no el hombre por las estrellas".

         Quedaba expresamente prohibida por tanto la Astrología Judiciaria; la Inquisición no dejó de publicar sus Edictos de Fe contra los practicantes hasta bien avanzado el siglo XIX. La frontera entre lo permitido y lo prohibido fue siempre difícil de determinar; al amparo de sus almanaques y prácticas médicas los astrólogos filtraron algunas predicciones, pero ya el ambiente general les era francamente hostil, porque todo cuanto sucedía a su alrededor se iba precipitando en contra suya. Y ellos ya no estaban en condiciones para la regeneración de una ciencia de la que ignoraban sus bases físicas, sencillamente porque la nueva ciencia emergente chocaba frontalmente con los viejos postulados de la antigua (separa al hombre del Cosmos, la parte del todo, es analítica y reduccionista, exclusivamente racional y progresivamente positivista y materialista).

 

          El racionalismo y el entierro de la Astrología

         Hemos visto que quienes echaron los cimientos de la ciencia moderna para nada se propusieron arruinar el pensamiento de la antigua; pero la vida es movimiento, cambio y transformación, y, como Aristóteles sentenciaba, en este bajo mundo todo se halla sujeto a generación y corrupción, al nacimiento y a la muerte. O, mejor aún, según la ciencia medioriental antigua, todo se halla sujeto al ciclo, aparece, alcanza su máximo esplendor, declina y desaparece, para reaparecer un tiempo más tarde, como el Sol y las estrellas cada día, cada noche, cada año, cada ciclo simple o compuesto.

         En España el último astrólogo de fama fue Don Diego de Torres Villarroel, que ostentó la cátedra de Matemáticas de la Universidad de Salamanca; en plena ruina del edificio astrológico aún fue capaz de pronosticar con acierto la revolución francesa, como puede comprobarse documentalmente a través de sus pronósticos del año 1756:

          Cuando los mil contarás

         con los trescientos doblados,

         y cincuenta duplicados

         con los nueve dieces más,

         entonces, tú lo verás,

         mísera Francia, te espera

         tu calamidad postrera

         con tu rey y tu delfín,

         y tendrá entonces su fin

         tu mayor gloria primera.

         Torres tuvo que vérselas en agrias polémicas con Benito Jerónimo Feijóo, enemigo declarado de lo relacionado con toda clase de creencias supersticiosas no católicas, y por supuesto de la Astrología, así como con el Doctor Martín Martínez, autor de un Juicio final de la astrología en defensa del Theatro Crítico Universal dividido en tres discursos. Discurso primero: que la astrología es vana y ridícula en lo Natural. Discurso segundo: que la astrología es falsa y peligrosa en lo Moral. Discurso tercero: que la astrología es inútil y perjudicial en lo político (1726).

         La respuesta de Torres, autor satírico y quevediano como pocos, consistió en su Entierro de Juicio final y vivificación de la astrología, herida con tres llagas a lo natural, moral y político, y curada con tres parches: La astrología es buena y cierta en lo natural, verdadera y segura en lo moral, útil y provechosa en lo político (Sevilla, 1727). Llegaban tiempos de chanzas y el bando emergente no se quedó corto en ellas; otro ejemplo lo tenemos en El Piscator chiquito por el cielo y los demás por tierra. Viage soñado entre gallos y media noche, en que se acomete la astrología, y de camino se les hace a los Astrólogos ver las Estrellas (Antonio Ángel de Fravega, Burgos, 1767). El clima contra todo lo antiguo no dejará de ganar terreno y los únicos textos astrológicos serán ya los almanaques, que, pese a todo, gozarán (y siguen gozando) de una gran popularidad, especialmente en el medio rural.

         Pero todo jugaba en contra de Torres y de los demás practicantes, que, al igual que los teólogos, se aferraron a las hechuras intelectuales de Aristóteles; resultan patéticas hoy en día sus refutaciones, llenas de la acidez burlesca que lo caracterizaba, de una de las consecuencias de la Mecánica newtoniana, la de que la Tierra, con su giro, no puede ser una esfera perfecta, sino que debe achatarse por los Polos. Los argumentos contra Newton(29) no pueden ser más pobres y dogmáticos, resistiéndose incluso a las comprobaciones de las medidas de los geodesistas franceses, que habían demostrado la veracidad de la predicción teórica, una más entre tantas que cuestionaban la Física y el sistema aristotélico del mundo.

         Faltos de la savia intelectual necesaria para reanimar el moribundo, astrólogos por un lado y teólogos por otro se encastillaron en sus viejos dogmas, pegados a la autoridad de los "antiguos" o de la "revelación". Afuera, soplaban con fuerza incontenible los vientos del racionalismo y del positivismo; la Universidad de Salamanca, que se había mostrado permisiva enseñando a Copérnico durante el siglo XVI en sus aulas, aún tenía prohibidos en 1770 a Newton, Gassendi y Descartes, por contradecir la verdad revelada y a Aristóteles(30).

         El desarrollo vigoroso de la Mecánica iniciado por Newton culminó, rodeado del nuevo clima de opinión, en una ciencia basada en el análisis de las partes y la experimentación sistemática. De la antigua Astrología nació la moderna Astronomía, y más tarde la Astrofísica; de la Alquimia la Química. Nuevas ramas como la Geología, la Botánica, la Biología, etc., nutrieron un árbol científico cada vez más diversificado. La Física se dividió en Mecánica, Electricidad, Magnetismo, Óptica, Termodinámica, etc., y, dentro de cada rama, surgieron más y más especialidades nuevas.

         La ciencia se independizó definitivamente (y por primera vez en la Historia) de la religión, dando cuerpo a unas enseñanzas totalmente materialistas (ya vimos que Astronomía, Magia y Religión nacieron juntas, y cómo se expresaba Newton al hablar de estos asuntos, tan diferentes de lo que vendría después). En este clima de descrédito por todo lo antiguo, los químicos creyeron haber acabado con las doctrinas vitalistas (las cuales aseguraban que los seres vivos disponían de algo más allá de la materia que mantenía y ordenaba sus funciones características) cuando en 1826 Hennell obtuvo una preparación sintética de etanol y en 1828 Wöhler hizo lo propio con la urea partiendo de amoníaco y ácido cianhídrico. En realidad, tales síntesis y las que vinieron más tarde, sólo evidenciaban lo incipiente que era aún la Química en el siglo XIX si la comparamos con la actual. De hecho, la "Química Orgánica" (así llamada, pues se pensaba que sólo los seres vivos podían sintetizar este tipo de compuestos propios de su metabolismo) ha pasado a ser denominada más adecuadamente "Química del carbono".  Volveremos más adelante sobre este mismo asunto, que tiene su importancia, como podrá comprobarse.

         Por si todo ello fuera poco, se descubrieron nuevos planetas en el Sistema Solar; Urano (1781), Neptuno (1846) y Plutón (1930); a estas alturas, de los dogmas del septenario, de las esferas planetarias y de los horóscopos, ya no se acordaba nadie en la Universidad. La Astrología dejó de enseñarse en la de París en 1666; Torres ya no tuvo sustituto en Salamanca (1769) y Valencia también perdió su cátedra.

         La nueva visión del mundo, reduccionista y analítica, ha permitido avances impensables en el conocimiento de la naturaleza siglos atrás, pero, como todo lo sujeto al ciclo, con el correr del tiempo, también ha dejado entrever las primeras grietas, los primeros puntos débiles. Cuando el edificio científico parecía estar acabado definitivamente, en la bisagra de los siglos XIX-XX, cuando el pensamiento humano penetró por primera vez en el microscópico mundo de los átomos, todo se vino abajo (Planck, Einstein, De Broglie, Heisemberg, etc.).

         Unas décadas más tarde pudo constatarse que, de nuevo, las puertas quedaban abiertas para la vieja manera de contemplar el universo. Y, en paralelo, se dejó notar un movimiento astrológico por todo el mundo occidental. Queda pendiente aún otra revolución en el mundo de lo macroscópico.

         Pero este será nuestro tema de estudio en el próximo Capítulo.  

 

         Notas

         1.- Ver por ejemplo la opinión del historiador David Romano en La ciencia hispanojudía. O el Tractat d'astronomia de Ramon Llull, dedicado íntegramente a cuestiones astrológicas.

         2.- Existe edición reciente de esta obra. Moseh Ben Maimon. Maimónides. Sobre el Mesías. Carta a los judíos del Yemen. Sobre Astrología. Carta a los judíos de Montpellier. Notas biográficas, introducción, traducción y notas por Judit Targarona Borrás. Riopiedras Ediciones. Barcelona, 1987.

         3.- También puede leerse esta obra en la actualidad (edición castellana en los clásicos de Editorial Gredos).

         4.- Demetrio Santos. Altamira: Astrología paleolítica. XXI Congreso Ibérico de Astrología. Santander, 2004.

         5. W. L. van der Waerden. Las tablillas de Ammisaduka.  Revista BEROSO nº 7. Barcelona, 2002.

         6.- José Mª Millàs Vallicrosa. Estudios sobre historia de la ciencia española. Consejo Superior de Investigaciones científicas. Madrid, 1991. Pág. 1.

         7.- Ídem obra anterior, pág. 3.

         8.- Millás aporta en la obra ya citada toda una serie de textos y escritos sobre el asunto, nota 6, pág. 5.

         9.- Demetrio Santos. Datación astrológica: un horóscopo de 2/05/1115 a.C. Revista Beroso nº 7. Barcelona, 2002.

         10.- Existe traducción  castellana en la revista BEROSO nº 1, Barcelona 2000.

         11.- Demetrio Santos Santos. Introducción a la historia de la Astrología. Edicomunicación, S.A. Barcelona, 1986. P. 141, pág. 71.

         12.- Vitrubio. Arquitectura. Libro II, 2.

         13.- Introducción al Tetrabiblos de Claudio Ptolomeo. Demetrio Santos. Editorial Barath. Madrid, 1980.

         14.- Citado por Juan Vernet. Historia de la ciencia española. Instituto de España. Cátedra "Alfonso X el Sabio". Pág. 13.

         15.- Auguste Bouchê-Leclercq. L'astrologie grecque. Réimpression de l'edition de Paris 1899. Scienctia Verlag Aalen. 1979. Préface, II.

         16.- Juan Vernet. El Islam en España. Editorial Mapfre. Madrid, 1993. Pág. 102.

         17.- Según Julio Samsó en la Introducción al Tratado de Astrología atribuido a Enrique de Villena. Editorial Humanitas, Barcelona, 1983. Pág. 45.

         18.- Juan Vernet. Astrología y astronomía en el Renacimiento. El Acantilado. Barcelona, 2000. Pág. 55.

         19.- Ídem obra anterior, pág. 19.

         20.- Según Francesco Sizi, astrónomo florentino. Citado en Fundamentos de la Física Moderna. Gerald Holton y H.D. Roller. Editorial Reverté, S.A. Barcelona, 1972. Pág. 178.

         21.- Existe versión castellana reciente de Alianza Editorial. Madrid, 1995. El lector interesado puede disfrutar también El mensaje y el mensajero sideral (Galileo y Kepler), en la misma editorial. Madrid, 1990.

         22.- Isaac Newton. Opticks, 2ª edición inglesa, 1717. Citado en Fundamentos de la Física Moderna. Gerald Holton y H.D. Roller, pág. 257.

         23.- Ídem obra anterior, pág. 258.

         24.- Isaac Newton. Principios matemáticos de la filosofía natural, tomo 2. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1987, pág. 782.

         25.- Desiderio Papp. El problema del origen de los mundos. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1965. Cap. I, pág. 23.

         26.- Tratado de Astrología atribuido a Enrique de Villena. Editorial Humanitas, Barcelona, 1983. Pág. 117. Fols. 6 r-6 v.

         27.- Estrofa 140.

         28. Sagrario Muñoz Calvo. Inquisición y Ciencia en la España moderna. Editora Nacional. Madrid, 1977. Documento nº 3. Págs. 249-251.

         29.- Torres Villarroel. Comentario a las observaciones de Jorge Juan y Antonio de Ulloa. En De la Alquimia al Panteismo. Marginados españoles de los siglos XVIII y XIX. Editora Nacional. Madrid, 1983.

         30.- Juan Vernet. Astrología y astronomía en el Renacimiento. El Acantilado. Barcelona, 2000. Pág. 167.

 

         Lecturas recomendadas

         Introducción a la historia de la Astrología. Demetrio Santos Santos. Edicomunicación, S.A. Barcelona, 1986.

         Aunque queda por hacer una verdadera Historia de la ciencia de las estrellas en profundidad, esta introducción supone un enorme esfuerzo y la obra más digna y completa que se haya escrito hasta ahora en el mundo, por lo que ningún estudiante o interesado en el tema puede pasarla por alto.

         Estudios sobre historia de la ciencia española. José Mª Millàs Vallicrosa. Consejo Superior de Investigaciones científicas. Madrid, 1991.

         Historia de la ciencia española. Juan Vernet Ginés. Faccsímil de la edición realizada por el Instituto de España en 1976. Editorial Altafulla. Barcelona, 1998.

         Textos y estudios sobre astronomía española en el siglo XIII. Editados por Juan Vernet. Facultad de Filosofía y letras. Universidad Autónoma de Barcelona. Barcelona, 1981.

         Nuevos estudios sobre astronomía española en el siglo de Alfonso X. Editados por Juan Vernet. Instituto de Filología. Institución "Milá y Fontanals". Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Barcelona, 1983.

         La ciencia hispanojudía. David Romano. Editorial Mapfre. Madrid, 1992.

          El Islam en España. Juan Vernet. Editorial Mapfre. Madrid, 1992.

         Astrología y astronomía en el Renacimiento. Juan Vernet. El Acantilado. Barcelona, 2000.

         L'astrologie grecque. Auguste Bouché-Leclercq. Reimpresión de la edición de París 1899. Scientia Verlag Aalen. 1979.

         El rumor de las estrellas. Teoría y experiencia de la astronomía griega. Eulalia Pérez Sedeño. Siglo XXI de España de Editores, S.A. Madrid, 1986.

         Fenómenos. Arato. Introducción a los fenómenos. Gémino. Introducción, traducciones y notas de Esteban Calderón Dorda. Editorial Gredos. Madrid, 1993.

         Astronomía y Astrología de los orígenes al Renacimiento. Editado por Aurelio Pérez Jiménez. Ediciones Clásicas, S.A. Madrid, 1992. www.chartaantiqua-es.net

         BEROSO. Revista de investigación y reflexión histórica sobre cuestiones cosmológicas. Director: José Fernández Quintano. http://www.beroso.info

         Interesantes artículos y traducciones al castellano de autores internacionales muy notables (Otto Neugebauer, Abraham Sanchs, B.L. van der Waerden, Asger Aaboe, etc.).

          La scrittura celeste. La nascita dell'astrologia in Mesopotamia. Giovanni Pettinato. Arnoldo Mondadori Editore. Milano, 1998. http://www.mondadori.com/libri

         Observadores del cielo en el México antiguo. Anthony F. Aveni. Fondo de Cultura económico. México D.F. 1991.

         Empires of time. Calendars, Clocks and Cultures. Anthony Aveni. Revised edition. University Press of Colorado. Colorado, 2002.

         Las dos obras anteriores contienen amenos e interesantísimos trabajos sobre arqueoastronomía y cronología a través de la observación de las estrellas y los planetas; sólo la observación sistemática del cielo a ojo desnudo, sin ayuda de instrumentos, pudo hacer nacer en la conciencia del hombre la sensación de los astros nos influyen.

          The History and Practice of Ancient Astronomy. James Evans. Oxford University Press. New York, Oxford, 1998.

         http://www.cura.free.fr

         Interesantísima página web con toda clase de artículos sobre Astrología, entre ellos de Historia (Giuseppe Bezza y otros autores notables).

         www.cieloeterra.it

         Dirigida por Giuseppe Bezza; Historia de la Astrología, traducciones de textos antiguos.

          Las leyes del cielo. Astronomía y civilizaciones antiguas. Juan Antonio Belmonte. Ediciones Temas de Hoy. Madrid, 1999.

         El cielo de los magos. Tiempo astronómico y Meteorológico en la Cultura Tradicional del Campesinado Canario. Juan Antonio Belmonte Avilés y Margarita Sanz de Lara Barrios. La Marea. Islas Canarias. 2001.

         Juan Antonio Belmonte es astrofísico y nos da una interesantísima visión, sobre todo honrada, documentada y cabal, sobre las implicaciones astronómicas de los restos arqueológicos, folclóricos, etc.

         Finalmente, a modo de contrapunto, tenemos un ejemplo de cómo no debe emprenderse una investigación, tanto desde el punto de vista científico como de la ética más elemental. El lector podrá juzgar por sí mismo:

          Astrología. ¿Ciencia o creencia? Manuel Toharia. Mc Graw- Hill. Madrid, 1992.

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