BREVE PANORAMA HISTÓRICO DE LA ASTROLOGÍA
Introducción. Astrología paleolítica.
Nacimiento como ciencia en el Creciente Fértil. El trasplante a Grecia. Los árabes
y su transmisión a Europa en la Edad Media. El declive renacentista. La posición
de la Iglesia. El racionalismo y el entierro de la Astrología. Notas. Lecturas
recomendadas.
Introducción
Merece la pena que
empecemos haciendo un bosquejo de cómo nació, se expandió y halló su declive
la ciencia astrológica, recurriendo a historiadores y fuentes fidedignos; entre
las razones para que la Astrología suscite tantas suspicacias y sonrisas de
autocomplacencia se encuentran la ignorancia y las opiniones interesadas
existentes sobre el tema, que en ciertos casos se mantienen por pura inercia.
La ciencia de los juicios de las estrellas -así la llaman algunas obras
dedicadas a ella- ha sido parte notable y sustanciosa en el desarrollo del
conocimiento humano; siempre se la consideró como tal y gozó de gran
prestigio, y no fue hasta los siglos XVII y XVIII cuando fue desalojada de las
universidades europeas.
Como todo
conocimiento humano ha sufrido el devenir cíclico de la Historia, con sus
altibajos, pero en los períodos de esplendor de las culturas que la
desarrollaron fue cultivada por las élites intelectuales del momento. De ella,
no lo podemos olvidar, nació la Astronomía tal como la conocemos en la
actualidad, aunque no debemos olvidar que, en términos generales, tanto
Astrología como Astronomía fueron términos sinónimos hasta el siglo XVII. No
es una afirmación apriorística nuestra, así lo confirman los historiadores y
puede comprobarse en las bibliotecas(1).
La Astrología trata
básicamente de los influjos de los astros sobre la Tierra. La parte
"natural", dedicada al estudio de la cronología, medida del tiempo,
ciclo climático anual, etc., no ha sido puesta nunca en entredicho; San Isidoro
de Sevilla, en sus Etimologías, la encuentra plenamente legítima y digna de estudio.
En cambio, la que trata del destino de las personas, de los reyes y de las
naciones, no ha dejado de contar con problemas, y ello por diversas razones.
Hacer predicciones
para un gobernante siempre resulta comprometido, y más según de qué clase se
trate éste; en los demás casos el problema del destino ha chocado casi siempre
con cuestiones de tipo filosófico, teológico o religioso. El judío cordobés
Maimónides, que la estudió y conocía al dedillo, previno contra este tipo de
Astrología "adivinatoria"en su obra Sobre
Astrología. Carta a los judíos de
Montpellier(2), dedicada exclusivamente a desacreditarla. Gémino,
al filo de los comienzos de nuestra Era, ya clamaba en su Introducción
a los fenómenos(3). contra quienes atribuyen a las estrellas y
no al efecto del Sol los períodos álgidos de calor y frío que se producen en
el ciclo anual (de esa creencia espúrea vienen los días caniculares, o the dog days,
de cuando se asociaba el calor del verano al momento en que salen juntos el Sol
y el Can Mayor).
En todo caso, si
queremos acercarnos al problema, lo mejor será recurrir a las fuentes escritas
y a los hechos comprobables, y no a las meras hipótesis o a los prejuicios.
Porque estos últimos, como decía Voltaire, son
la razón de los necios.
Astrología paleolítica
Puede parecer
sorprendente hablar de ciencia de las estrellas en el período Paleolítico
(-35.000 a -10.000 aproximadamente); pero, según las investigaciones y
hallazgos arqueológicos e históricos van avanzando, los conocimientos de la
humanidad en aquellos tiempos no dejan de sorprender a quienes, por ignorancia,
simpleza o mala fe, tenían a los hombres de esa época por unos brutos
ignorantes.
No debiéramos hablar
de ciencia astronómica paleolítica en el sentido que damos ahora a esta
palabra, aunque de lo que no hay duda es de que fueron tiempos en los que la
Luna constituyó el gran cronómetro de la humanidad (cronología lunar). Las
tribus paleolíticas, con una baja densidad de población, eran nómadas, por lo
que la única referencia temporal válida para ellos era la Luna, tanto para
elegir los momentos adecuados de caza y pesca, donde la luz de nuestro satélite
es importante, como fijar las fiestas, encuentros con otras tribus para
intercambios, y, por supuesto, para computar el tiempo.
La cronología lunar
se basa en el ciclo de 27,5 días (aproximadamente 28) que tarda la Luna en
recorrer el cinturón estelar que sirve de referencia para seguir su revolución;
puesto que cada noche es visible sobre un grupo de estrellas y a la consecutiva
se ha desplazado hacia otras situadas más a la izquierda del observador, no hay
duda de que el seguimiento diario de este "sendero" constituye el
origen del primer Zodíaco o referencia estelar, que posteriormente se conoció
con el nombre de "Moradas" o "Mansiones" lunares en Europa
(Edad Media), introducido por los árabes, que lo tomaron de persas, indios y
estos seguramente de China, nación con cómputos astronómicos muy antiguos.
Zodíaco es término
griego que significa "camino de animales"; el Zodíaco griego, que
constituye el nuestro actual, posee algunas figuras humanas (Géminis, Virgo y
Acuario). El Zodíaco chino, en cambio, sólo consta de 12 animales, por lo que
hemos de suponer es anterior, y posiblemente tenga su origen en el Paleolítico
(importancia de la caza en la economía de esa época).
Más antiguo sin duda
es el sistema de las "moradas" lunares, que son 28, las noches del mes
lunar en que nuestro satélite es visible sobre el fondo de estrellas fijas.
Teniendo en cuenta que el día de la luna nueva ésta no es visible en el cielo,
tenemos un ciclo total de 29 días (el ciclo de las fases consta de 29,5 días
muy aproximadamente).
En la cueva de
Altamira se cuentan hasta 27, 28 o 29 bisontes, que se hallan pintados sobre el
techo y es preciso mirar hacia arriba como en la cúpula de una iglesia (donde
también vemos representados soles, lunas y estrellas junto a ángeles y santos,
Dios y la Virgen María, etc.). Unos bisontes están fuertemente coloreados en
rojo y ocre, otros no tienen color (tal vez lo hayan podido perder), sumando un
total de 21 animales; los demás poseen color negro. No todos presentan el mismo
tamaño, y hay uno más grande que el resto (tal vez simbolizara la luna llena);
si la interpretación resulta adecuada, los negros, oscuros y pequeños serían
representativos de los días anteriores y posteriores a la luna nueva, cuando
nuestro satélite es poco visible.
El lector interesado
puede encontrar publicado sobre este apasionante tema la tesis doctoral de Luz
Antequera en Arqueoastronomía
hispánica. Prácticas astronómicas en la Prehistoria de la Península Ibérica
y los Archipiélagos Balear y Canario. Altamira. Astronomía, magia y religión
en el Paleolítico.
Esta autora
interpreta el gran toro de la cueva de Lascaux (Dordogne, Francia) como la
constelación de Tauro; en ella puede verse unos puntos en la misma posición
que las Pléyades sobre el cielo. Si la interpretación resulta correcta, habríamos
de suponer que, en tiempos de cronología lunar, debería tratarse de la época
en que la primera luna nueva del año (solsticio de invierno) se producía junto
a este grupo estelar. En comparación de ciclos, el invierno (mínima iluminación
solar) es equivalente a la luna nueva.
Refuerza esta idea el
hecho de que en el Egipto clásico se encuentre el recuerdo de que la estrella
Sirio (Can Mayor) constituía el "hogar de la Luna", cuando
actualmente, durante la luna nueva del solsticio invernal, nuestro satélite se
halla muy lejos de esa estrella, la principal del cielo; hechos los cálculos (precesión
de los equinoccios), la luna nueva cercana al solsticio de invierno se producía
junto a Sirio en -11.500, aproximadamente la fecha de Altamira(4).
Sin duda, la
alternancia entre día/noche, actividad/descanso, fase ascendente del Sol/fase
descendente, junto al ciclo de las fases lunares, infundió muy tempranamente en
la humanidad la noción de la dualidad y de la naturaleza cíclica de la mayoría
de fenómenos naturales observables. El Paleolítico fue una larga época
presidida por la cronología lunar, de ahí la importancia de la divinidad
femenina y de los cultos ctónicos asociados. La cuenta del mes empezaba por la
aparición de la luna nueva (neomenia en griego, literalmente "nuevo
mes"), como vemos actualmente entre musulmanes y judíos; la cuevas
dedicadas a la observación y al culto lunar que aún perduran han de estar
orientadas por tanto hacia el Oeste, que es por donde "nace" la Luna
cada mes. Por analogía, el día empieza para los judíos con el ocaso (así lo
hacía en muchos lugares de Europa durante la Edad Media); de ahí también que
el rosario se rece a primera hora de la noche (la Virgen María, continuadora
cristiana de los cultos lunares).
Podemos ver cómputos
lunares en la "marcas de caza de Marshack", huesos con grupos de 7
muescas (fases lunares); en la Venus de Laussel, que muestra un cuerno (Luna)
con 13 incisiones, y en la serpiente cascabel de los aztecas, con 13 anillos en
la cola, etc. Se trata aquí de las 13 lunaciones anuales (en realidad 12 y
pico, equivalente a un promedio de 354 días y fracción).
Pero el largo período
paleolítico terminó con la catástrofe climática de -10.000; Europa se desheló,
y grandes cataclismos y alteraciones de la circulación atmosférica empezaron a
desecar el Sahara. Empezaba la transición hacia el Neolítico, y con ello, a la
cronología solar.
Nacimiento como ciencia en el Creciente Fértil
Con la llegada del
Neolítico las poblaciones se volvieron sedentarias, y el pastoreo y la
agricultura fueron necesarios para la subsistencia. Tales actividades requieren
la consideración de un calendario solar para guiarse en la fecha de las
siembras, faenas agrícolas, épocas de inicio y final de la trashumancia, etc.
Para elaborar una cronología pueden tomarse cada día como referencia los
puntos de salida y puesta del Sol en las poblaciones de residencia fija (picos y
crestas del horizonte montañoso, etc.), pues estos describen una oscilación
anual. Los puntos extremos determinan los solsticios de invierno y verano; los
equinoccios pueden conocerse con aproximación fácilmente, observando la sombra
de una vara vertical a la salida y a la puesta del Sol, pues ambas forman
entonces una línea recta (el resto del año la dan quebrada). Los meses se
seguirán calculando por la Luna, al menos hasta comienzos de nuestra Era.
Tanto las poblaciones
nómadas como las sedentarias pueden guiarse en el tiempo anual por otro reloj,
el de los ortos y ocasos de las estrellas al oscurecer o al amanecer; repárese
que aquí también se toma como referencia el horizonte, de ahí su importancia
en Astrología. Orientarse viene
de "oriente", de "buscar el Este", lo cual está de acuerdo
con que el punto principal de un horóscopo sea el Ascendente (intersección de
la eclíptica o camino del Sol con el horizonte oriental). Repárese también
que horóscopo, término de
origen griego, significa "calcular o analizar la hora".
El calendario de
ortos y ocasos de las estrellas ha sido el tercer gran reloj de la humanidad
para guiarse en el tiempo anual, y también en la navegación por mar, en todo
tiempo y lugar. Hoy, en las grandes ciudades apenas puede contemplarse el cielo
por las noches, e incluso en el campo la observación resulta difícil a causa
de la tremenda contaminación luminosa, por lo que el ciudadano es ajeno al
cielo y en absoluto consciente de los influjos estelares. Nunca podría surgir
la Astrología de una sociedad urbana como la nuestra; en cambio, el seguimiento
obligado de las estrellas en el campo o en ciudades sin apenas iluminación
nocturna, permitió a las poblaciones de la Antigüedad un conocimiento
generalizado del cielo, despertando en ellas el sentimiento
y la sensación de caminar unidas al movimiento y evolución de los
ciclos cósmicos.
Las primeras
estrellas que aparecen por el horizonte oriental o desaparecen por el
occidental, al anochecer y al amanecer, son una referencia segura para
orientarse en el tiempo anual; observado a la misma hora el cielo aparente gira
un grado cada día hacia el Oeste, de modo que van apareciendo unas y
desapareciendo otras. La que apareció hoy desaparecerá al cabo de seis meses
justos y viceversa; unas aparecen con los días más cálidos, otras con los más
fríos, las hay que coinciden con la llegada de las lluvias, de épocas de
vientos o de calmas, otras con la época de celo o parto de ciertos animales,
con la cosecha del trigo o de la uva, etc.
De ahí a sentir
que el cielo influye en los acontecimientos terrestres y en el devenir humano
(pensamiento astrológico) hay sólo un paso.
La transición al
Neolítico forzó una mayor observación del cielo, del Sol y de la Luna, así
como de un horizonte fijo. Cuando surgieron las primeras aglomeraciones urbanas
en Mesopotamia, a la orilla de los grandes ríos (Éufrates y Tigris), este
conocimiento estelar fue sistematizado. La escritura fonética nació allí, y
también el sistema de numeración posicional de base 12, en época sumeria,
hacia -2900. Con ello se registraron las primeras observaciones astronómicas
conocidas, Enuma Anu Enlil,
procedentes del período casita.
De 1100 a.C. tenemos
listas de estrellas llamadas "de los astrolabios", en realidad un
calendario de orto y ocasos de las estrellas, con el "Camino de la
Luna", posiciones del Sol respecto a los puntos cardinales a lo largo del año,
movimientos de los planetas y sus ciclos, predicciones meteorológicas, etc.
El conocido
actualmente como "teorema de Pitágoras" no es griego, sino mesopotámico,
y lo mismo sucede con el ciclo metónico (repetición de las fases de la Luna el
mismo día del año al cabo de 19 años), que lleva el nombre del astrónomo
griego Metón pero está bien establecido que antes se determinó por los
sacerdotes caldeos. La religión y la astronomía iban unidas de la mano en ese
período histórico, de ahí que las observaciones y las conjeturas de tipo
matemático y científico las llevasen a cabo colegios sacerdotales bien
estructurados.
Son bien conocidas
las predicciones que estos hacen para los reyes (omina)
a partir de los eclipses, conjunciones planetarias, etc. Por ejemplo, la
tablilla 63, que contiene una lista completa de observaciones de salidas y
puestas helíacas de Venus durante 21 años sucesivos, con augurios, comienza
como sigue:
Si el 15 Sabatu Venus desaparece por el oeste,
permaneciendo invisible 3 días, y el 18 Sabatu aparece por el este, catástrofes
para los reyes; Adad traerá lluvias, Ea aguas subterráneas; el rey enviará
salutaciones al rey(5).
En esa época los
astros eran tenidos por dioses, y, en realidad, la Astronomía sirve para
interpretar la voluntad divina; en el poema citado se cuenta que los dioses,
tras la creación del mundo, se hallaban fatigados y delegaron en los hombres la
continuidad de su obra. De ahí que tanto en Sumeria, Acadia, Caldea y
Babilonia, y también en Egipto, el rey o el faraón fuesen los responsables de
ejecutar la voluntad divina (teocracias) y su mundo tratase de ser una
reproducción del orden celeste.
Es esta mitificación
lo que ha podido engañar a algunos investigadores (junto a lo que se tardó en
descifrar las tablillas de barro escritas en alfabeto cuneiforme) llevándoles a
atribuir a los griegos y al genio lógico-filosófico de estos lo que legítimamente
sabemos ahora pertenece a los creadores del patrimonio astrológico de la
humanidad, los pueblos del Creciente Fértil.
Veámoslo a través
de uno de los pioneros de la Historia de la Ciencia en España:
Hasta que en los presentes días, de
especializada madurez de investigación, se ha podido constituir con todas las
garantías de una disciplina científica, la nueva disciplina llamada Historia
de la Ciencia, la visión que se tenía de la evolución y la génesis de ésta,
así como del acervo científico de los diferentes pueblos, distaba mucho de
poderse llamar justa. Sin que con ello queramos prejuzgar que nuestra visión
sea definitivamente justa. En general, aquella visión era parcial, tanto por
defecto de perspectiva histórica, como por influencias venidas del campo de la
religión o de la política, con sus rivalidades y bandos, o de la filosofía
con sus múltiples escuelas, todo lo cual perturbaba el recto enjuiciamiento de
los hechos(6)...
Esta parcialidad de
juicio tal vez tenga que ver con nuestra ascendencia cultural griega y romana (más
bien de la primera, pues es conocido que Roma poco o nada contribuyó al
desarrollo científico, aunque sí a la ingeniería), que, perdida tras el
hundimiento de Imperio romano, fue reintroducida en Europa a través de la
expansión arábiga medieval. Hoy en día ya no pueden sostenerse tales visiones
parciales y equivocadas, siendo preciso restituir a cada cual lo suyo:
...Esta interpretación exagerada del milagro
griego y de la incapacidad científica de los otros pueblos de la antigüedad y
de la Edad Media estuvo en boga entre la gente de la Enciclopedia francesa y del
racionalismo ochocentista, y recibía alas, según antes hemos aludido, de
interferencias filosóficas, religiosas y políticas, del todo externas al recto
enjuiciamiento crítico(7).
No sólo aparecieron
por primera vez en el Oriente Medio la escritura fonética y el sistema de
numeración de posición duodecimal y sexagesimal (éste último vinculado a la
necesidad de cálculos astronómicos, y que sigue plenamente vigente); el
florecimiento de las grandes ciudades, unido a intensos intercambios
comerciales, favoreció primero la Aritmética mercantil, y posteriormente
abstracciones de carácter puramente científico. La Trigonometría nació como
un medio instrumental al servicio de los cálculos astronómicos.
Otto Neugebauer,
profesor que fue de la Universidad de Brown, puso de manifiesto(8) en
la década de 1930 el alto nivel que las Matemáticas alcanzaron entre caldeos y
babilonios; series aritméticas, raíces cuadradas y cúbicas, tablas de números
recíprocos, problemas de interés simple y compuesto, problemas equivalentes a
la resolución de ecuaciones de segundo y tercer grado, problemas geométricos
de áreas y volúmenes, etc., se encuentran en las tablillas de barro cocido.
El sistema de
numeración de posición, imprescindible para los cálculos y el desarrollo de
la ciencia, se perdió entre griegos y romanos, con lo cual el desarrollo científico
no dio ya grandes pasos; repárese en que los mayas también inventaron una
numeración análoga, lo cual les permitió alcanzar precisiones calendáricas
(matemáticas) comparables. Con su reintroducción en Europa (Abraham Ben Ezra
fue el primer judío que lo usó en el siglo XII) pudieron avanzar de nuevo las
medidas y los cálculos, y con ello, la ciencia volvió a echar a andar de
nuevo.
La observación del
cielo en el Oriente Medio estuvo ligada a la interpretación de la voluntad de
los dioses, pero la necesidad de predecir fenómenos celestes estimuló la
abstracción científica, y por tanto las Matemáticas, como acabamos de ver.
Uno de los mayores logros de los sacerdotes-observadores fue la determinación
de los ciclos planetarios, así como su repetición en el cielo al cabo de un
determinado período de tiempo. Dada la relativa estabilidad política y económica
de las sociedades mediorientales en ese período, dichas observaciones se
extendieron a lo largo de siglos, lo cual permitió dar los primeros pasos
importantes en materia astronómica. Y, lo que para nosotros debe ser más
importante, encontrar paralelismos (sincronismos de repetición, lo que equivale
a decir sintonía) con
acontecimientos terrestres de período similar (resonancia).
Si ya había una
sensación intuitiva de ligazón al cosmos entre las poblaciones campesinas
(ciclo climático anual, vegetativo, de la fauna, etc.), las largas
observaciones astronómicas llevaron a los sacerdotes a constataciones de orden
superior, en los que sin duda debe buscarse el origen de la Astrología como
ciencia, tanto en el tiempo como el espacio.
Fueron ellos quienes
constataron que el ciclo de las fases lunares se repite con mucha aproximación
al cabo de 19 años (y por tanto el ciclo de las mareas oceánicas, etc.); lo
mismo sucede con las conjunciones de Venus y el Sol, que se repiten cada 8 años
con sólo dos días de retraso. Tales descubrimientos permitieron las primeras
predicciones astronómicas sin grandes cálculos matemáticos, como hacemos
ahora. Veremos más adelante la interpretación física de este hecho y sus
posibles repercusiones en los seres vivos y en las partes integrantes del gran
organismo que es la Tierra.
La Edad Media europea
retomó estos ciclos traídos por los árabes y les dio el nombre de años
mayores, medios y menores, según su grado de precisión; pero el origen
de su conocimiento, nuevamente, lo hallamos en el Oriente Medio y no en Grecia.
He aquí una lista de estos ciclos de repetición (revoluciones tropicales se
refiere a una vuelta completa al Zodíaco del planeta, y los períodos sinódicos
al tiempo transcurrido entre dos conjunciones sucesivas del planeta con el Sol):
Júpiter 71 años
6 rev. tropicales = 65 períodos
sinódicos
Júpiter 83 años
7 rev. tropicales = 76 "
"
Venus 8 años
8 rev. tropicales = 5 "
"
Mercurio
46 años
46 rev. tropicales = 145 "
"
Saturno
59 años
2 rev. tropicales = 57
"
"
Marte 47 años
25 rev. tropicales = 22 "
"
Marte 79 años
42 rev. tropicales = 37 "
"
Luna 19 años
Hasta ahora, el
primer horóscopo disponible, hallado en una tablilla cuneiforme, es el del
12-13/01/-409. Demetrio Santos, traduciendo De
nativitatibus, del árabe Albubather, se topó con otro que, analizados los
datos astronómicos ofrecidos, los cálculos dan para él la fecha de -1114(9).
Esto sigue retrasando en el tiempo la datación de conocimientos plenamente
científicos, en una tendencia que no parece detenerse; dicho horóscopo
proporciona las posiciones del Ascendente, Medio Cielo, última luna llena
anterior al nacimiento del niño, Parte de Fortuna y los siete planetas visibles
a ojo desnudo.
Vemos por tanto que
da las posiciones de los dos ángulos más importantes (oriental y meridiano, o
sea, aproximadamente, puntos de salida y culminación de los astros), las de los
siete planetas, la de la lunación previa al nacimiento y un punto complejo cuyo
significado matemático actual es el de suma vectorial de dos ondas (Parte de
Fortuna).
Otro gran logro de la
ciencia medioriental fue el de la invención del Zodíaco de 12 signos iguales,
que, pese a su nombre actual, tampoco es de origen griego; el Zodíaco babilónico
era estelar, a diferencia del griego que tomó como referencia los puntos
ficticios de los solsticios y equinoccios. Los conocimientos de la Geometría
llevaron al descubrimiento del Zodíaco tropical a los astrónomos griegos, y,
con los cálculos y medidas que ello les permitió, el fenómeno de la precesión
de los equinoccios.
Según B.L. van der
Waerden, en su artículo Historia del Zodíaco,
publicado en 1953 en Archiv für
Orientforschung:
Los doce signos zodiacales aparecen por
primera vez en el texto planetario VAT 4924 allá por el año 419 a.C. Los
signos babilónicos son de igual tamaño... Las tablillas lunares y planetarias,
en las cuales cada signo contiene 30°, confirman la conclusión de que los signos tienen
igual tamaño.(10).
Se trata de signos y
no de constelaciones, como lo demuestran los análisis de los investigadores que
han estudiado el texto.
El primer Zodíaco
bien sistematizado y estructurado es por tanto de origen babilónico, y toma
como referencias las estrellas fijas. Ello no implica que ignorasen el fenómeno
de los equinoccios y de los solsticios; sin embargo, para aquella cultura no fue
importante la determinación exacta de los mismos, y por tanto prefirieron
referencias estelares, que eran las que mejor conocían por su larga experiencia
en el conocimiento del firmamento. Un error de 2 o 3 días en la observación
del equinoccio lleva tan sólo a otro de unos 8 minutos en la duración del día
o de la noche, algo que no debió preocupar demasiado a los sacerdotes
babilonios de la época.
La importancia de la
ciencia del influjo de los astros en esta época nos la resume Demetrio Santos
en el siguiente párrafo de su Introducción a la Historia de la Astrología:
El período de -1200
a -400 podemos decir que marca la Edad de Oro de la astrología, cuando se
consiguen sus más importantes avances y su plenitud. Empieza con la expansión
de la metalurgia del hierro y la escritura fonética fenicia y con ello una
intensificación de la evolución cultural. Pero el estado de ostracismo en que
se ha visto sumida la astrología en el pasado Siglo [XIX-XX] en Occidente ha
hecho que faltara su investigación en la eclosión científica europea, y no
fue realizado un estudio serio de los textos antiguos relacionados con ella. Sin
embargo, todos los datos que poseemos actualmente convergen a señalar su auge
en el tiempo y lugar de las culturas mesopotámicas de este momento(11).
El trasplante a Grecia
Tanto griegos como
romanos guardaron un enorme respeto por "los antiguos", refiriéndose
al saber que les vino de Oriente; si la ciencia y la filosofía griegas, base de
todo el conocimiento europeo y occidental, con todos sus clásicos, ahora bien
conocidos, se perdió con la caída del Imperio romano, es fácil imaginar lo
sucedido con la enorme cantidad de obras que se generaron en Mesopotamia a lo
largo de más de 2.000 años. La mayoría desaparecieron, y los restos que
quedaron no han podido ser descifrados hasta los inicios del siglo XX; aún así,
las tablillas cuneiformes, pueden depararnos más de una sorpresa.
Si conocemos bastante
de la ciencia medioriental es porque ésta fue trasplantada a Grecia, y sin duda
generó la explosión conocida como "milagro griego" en todos los
campos del saber; dentro del campo astronómico y matemático la ciencia griega
es particularmente tributaria de la caldea. En materia astrológica la transmisión
se mitificó en un personaje llamado Beroso, quien seguramente simboliza la diáspora
de los matemáticos caldeos subsiguiente al hundimiento del imperio:
Debe concederse que podemos conocer los
efectos que los doce signos, el Sol, la Luna y los cinco planetas tienen sobre
el curso de la vida humana a partir de la astrología y los cálculos de los
caldeos. El arte geneatlíaco, que les permite descubrir acontecimientos pasados
y futuros mediante cálculos astronómicos, es propiamente suyo. Son muchos los
que han surgido entre el pueblo caldeo que nos han dejado sus descubrimientos,
los cuales están llenos de agudeza y sabiduría. El primero fue Beroso, quien
se estableció en la isla de Cos y enseñó ahí(12).
Toda la Astrología
occidental que conocemos se resume en la compilación que llevó a cabo Claudio
Ptolomeo en el siglo II; su modelo astronómico del mundo, la geografía y la óptica,
incluso un tratado sobre las armónicas, dominaron el panorama intelectual hasta
el Renacimiento europeo. Ptolomeo vivió y realizó su obra en Alejandría
(Egipto), pero podemos considerarlo griego a todos los efectos. Veamos que dice
de él el traductor al castellano actual de la obra que más nos interesa, el Tetrabiblos (Quadripartitum
medieval):
No podemos considerar a Ptolomeo un hombre
original, y tampoco él lo pretende; siempre hace referencia, cuando las conoce,
a las fuentes, o bien las da como desconocidas pero anteriores a él. Logró
recopilar, sobre todo en Astrología, los conocimientos de su tiempo y
precedentes, dándoles forma coherente y haciéndolos comprensibles, puesto que
él mismo no llegaba a entender su fundamento real y, ante la dificultad,
racionaliza los hechos tratando de explicarlos...
A pesar de todo, la Astrología propiamente dicha en Occidente empieza de
súbito ex nihilo en Ptolomeo, y en 1.800 años de historia nada nuevo se
inventa al respecto, salvo pequeños perfeccionamientos y ajustes astronómicos
para las tablas de movimientos de los planetas y para arreglar las posiciones de
los astros que habían variado por el movimiento de Precesión de los
Equinoccios. Y probablemente ocurre así porque su texto refleja lo que quedaba
en su tiempo de la gran cultura astrológica del Medio Oriente, en especial de
Babilonia, y su libro constituye una ventana, la única, abierta a tales
conocimientos, habiéndose llegado a unas reglas empíricas inamovibles que
resultaban útiles(13).
Más allá de
Ptolomeo escasa cosa ha llegado hasta nosotros que añada algo distinto a su Tetrabiblos;
poco antes de él tenemos el Astronomicon,
de Marcus Manilius, escrito en los primeros años de nuestra Era; Carmen
astrologicum, de Doroteo de Sidón, que vivió igualmente en el siglo I,
etc. Pero vemos ya en esas obras una ciencia en franca decadencia, y de ello se
quejarán los astrólogos en la Edad Media al comprobar las discordancias
existentes entre los diversos autores.
Sabemos a través de
Diodoro (2, 29) el modo en que aprendían los caldeos, a diferencia de los
griegos, tal vez una de las claves necesarias para comprender las altas cotas a
que llegaron en materia científica:
La filosofía de los caldeos es de tradición
familiar; el hijo que la hereda de su padre está exento de toda carga pública.
Como los preceptores son sus propios padres, tienen la ventaja de aprender sin límites
todos esos conocimientos y dar mayor crédito a las palabras de sus maestros.
Habituados al estudio desde la infancia, avanzan rápidamente en astrología
bien a causa de la facilidad con que se aprende a esa edad, bien porque tienen más
años para estudiar... Los caldeos, manteniendo siempre la misma ciencia,
reciben, sin alterar, la tradición; los griegos, por contra... se contradicen
entre ellos acerca de las más importantes doctrinas(14).
Una referencia segura
para conocer estos asuntos es la monumental obra de Auguste Bouché-Leclercq, L'astrologie
grecque, publicada en 1899 y reeditada en 1979; pero, en pleno delirio
racionalista, contiene comentarios como el siguiente, que dan idea del clima de
hostilidad existente contra la ciencia del influjo de los astros en esa época:
Lo que es verdad de las supersticiones en
general lo es también con mayor razón de la astrología, que ha intentado
enlazar de una manera cualquiera las ciencias exactas, a la "matemática",
los esfuerzos más aventureros de la imaginación. La astrología, una vez
muerta -creo que lo está, pese a las tentativas realizadas recientemente para
vivificarla- ha sido tratada con un desdén que no tiene comparación con otras
cuestiones de importancia histórica infinitamente menores(15).
Volveremos más
adelante a este autor, dejando de lado algunos deslices como el que acabamos de
exponer. Entretanto, recordemos que estamos hablando de una época donde Roma
dominaba toda la cuenca mediterránea con poder absoluto; más tarde llegó el
cristianismo, heredero intelectual del expansionismo romano, y la caída del
Imperio y la barbarización de Europa.
A la ciencia griega,
basada en altas especulaciones matemáticas y filosóficas, siguió un período
más inclinado hacia el misticismo, donde el conocimiento se obtenía
preferentemente por intuición o iluminación (teurgia, contacto con la
divinidad). Fueron tiempos en los que se reavivaron el neoplatonismo, el
hermetismo y la gnosis.
La ciencia del
influjo de los astros, nacida de la mano de la Religión y de la Magia (época
de las religiones sidéreas, período sabeo), perdió también parte de su
componente racional para inclinarse igualmente hacia terrenos
difícilmente imaginables para nosotros en la actualidad. El
cristianismo, por su parte, adoptó la cosmología de la época que le vio
nacer, de base netamente astrológica; pero tampoco mostró especial inclinación
hacia lo científico y se sumió en la corriente mística de los primeros siglos
de nuestra Era. De ahí los fuertes conflictos ideológicos que tuvo con el
paganismo, a lo largo de no pocas ocasiones terminados en baños de sangre.
Dentro de la Iglesia
romana el único vínculo que quedó con la ciencia racional fue la inquietud
por poder calcular correctamente la primera luna llena de la primavera,
requisito necesario para celebrar la Pascua con arreglo a las normas dictadas en
el Concilio de Nicea (año 322). Fue un problema que duró siglos sin resolver
adecuadamente, lo que nos da idea de la precariedad de los cálculos astronómicos
de la época. Eso sí, tanto Julio César para llevar a cabo la reforma del
calendario en el año 45 a.C., como los papas para datar la Pascua tras el
Concilio de Nicea, recurrieron a astrónomos alejandrinos, o sea, griegos, lo
que nos da idea de dónde radicaba la ciencia en esa época.
Con la caída del
Imperio romano Europa quedó sumida en la barbarie y la ignorancia (siglo V); no
sólo desapareció la cultura (de base griega, los romanos fueron buenos
legisladores y técnicos, pero mostraron escasa o nula inclinación científica),
sino que se perdieron numerosas tierras de cultivo y, sobre todo, vías de
comunicación. Reapareció la malaria al dejarse de sanear algunos terrenos, y
viajar se hizo peligroso, con los caminos llenos de bandidos; el comercio y los
intercambios culturales se vieron reducidos a mínimos, surgiendo así lo que ha
dado en llamarse la edad oscura.
San Isidoro de
Sevilla (560-636) constituye una excepción en este clima de decadencia y
desconfianza hacia la ciencia; en las Etimologías
habla del Zodíaco y admite cierto influjo de los astros sobre la Tierra y sus
habitantes. Defiende la "astrología natural", la que trata de los
efectos del Sol a lo largo del año y las cuestiones calendáricas, condenando
la "adivinatoria", que pretende conocer el destino de los individuos.
En este clima nada
favorable al conocimiento racional el emperador Justiniano mandó cerrar por
real decreto las antiguas escuelas griegas de filosofía el año 529, pese a que
apenas si enseñaban ya un neoplatonismo bañado de misticismo y elementos
cristianos.
Lo poco que quedaba
de los antiguos conocimientos se refugió en los monasterios, a la espera de que
volvieran tiempos más propicios al rebrote de la cultura en Europa.
Los árabes y su transmisión a Europa en la
Edad Media
El hundimiento de la
ciencia y de los modos de vida fue general; a la par que la cultura y la ciencia
alcanzaban en Europa su nivel más bajo, en Bizancio y en los países del
Oriente Próximo y Medio -Siria, zona del Golfo Pérsico- sobrevivió un notable
foco cultural mezcla de elementos griegos, romanos y judíos. Uno de sus
primeros centros fue la escuela persa de Jundishapur, lugar donde encontraron
refugio tanto los cristianos nestorianos acusados de herejía en 489 como los
neoplatónicos que abandonaron Atenas cuando fue clausurada la Academia en 529.
Fue éste el lugar
donde se recuperaron la ciencia y la filosofía griegas, que a la vez entraron
en contacto con las de India, Siria y Persia. Más tarde serían los árabes
quienes retomarían la antorcha, y gracias a las traducciones de toda obra
antigua que encontraron y también de sus propios logros, reintroducirán en
Europa el conocimiento perdido. La conexión islámica con la Península Ibérica
es una de las claves para comprender cómo la ciencia y la cultura orientales
reaparecieron en Europa después de 1200 años de la caída de Babilonia, aunque
fuese filtrada en su mayor parte a través de los autores griegos; ahí están
presentes todavía en la arquitectura medieval numerosos elementos
orientalizantes, y, por supuesto, aquellos que sólo son interpretables bajo el
prisma de ese conocimiento y de esa cosmología.
Tenemos el arco de
medio punto y la bóveda de cañón en la arquitectura románica (esferas
planetarias concéntricas de Eudoxo), el mozárabe (excéntricas de Ptolomeo),
los epiciclos planetarios (claustro de San Juan de Duero, en Soria), Júpiter en
la puerta de entrada de San Pedro de la Rúa, en Estella, con sus once lóbulos
(los que traza el planeta en el cielo durante una revolución zodiacal
completa), etc. El templo medieval reproduce a escala el macrocosmos (cielos
planetarios), para tratar de imitar su efecto sobre el hombre; de ahí que se
construya en base a proporciones armónicas (y no por simple cálculo de
resistencia de materiales), esté orientado (con el ábside invariablemente
hacia el Este) y contenga múltiples elementos astronómicos, reales y simbólicos,
expresados a través de la propia doctrina cristiana, que no era ajena al clima
cultural de la época.
En la Edad Media se
puede decir que todo viene de Oriente, con los árabes o los cruzados como
mensajeros; traen la Geometría, la Aritmética, el Álgebra, la Trigonometría,
la Alquimia, la Medicina hipocrática y numerosas obras griegas, traducidas al
árabe, de todo tipo. Platón, Aristóteles, Euclides, Ptolomeo y tantos otros
autores, que se habían perdido para Europa durante varios siglos, vuelven a ser
leídos, y sobre todo ansiados y buscados con avidez en el mundo cristiano más
al Norte de los Pirineos, sumido aún en el letargo cultural:
Entretanto, no era ningún secreto en Europa
el que en su retirada [con la Reconquista] los musulmanes habían dejado en
manos cristianas buen número de libros, libros que los europeos del Norte de
los Pirineos -no parece que pensaran lo mismo la mayoría de clérigos españoles,
que preferían guerrear a leer- deseaban poder estudiar. Por ello, un número
importante vino a la España cristiana (no a la musulmana, en donde había aún
mejores bibliotecas), aprendió árabe y fue capaz de traducir los libros que
les prestaban los obispos, quienes los habían requisado de las bibliotecas de
los vencidos(16).
Un elemento clave de
la transmisión fue el sistema de numeración (de donde proviene el utilizado
actualmente), en el que el valor de un número depende de la posición que ocupa
(unidades, decenas, centenas, etc.); no lo conocieron ni los griegos ni los
romanos, pese a proceder de los sumerios (tercer milenio antes de nuestra Era).
De allí pasó a la India, de donde lo tomaron los árabes.
Este sistema es clave
para realizar cálculos, desarrollar ecuaciones y, en general, toda la matemática
aplicada. El conocimiento científico cristiano, comparado con el árabe,
resultaba ciertamente incipiente, lo cual puede comprobarse comparando obras de
unos y otros escritas simultáneamente; el Tractat
d'astronomia de Ramon Llull, o la Nova
Geometria, del mismo autor, están por debajo de otras obras coetáneas
similares del mundo árabe.
En medio de una
explosión cultural y social que hicieron de Córdoba la capital del mundo en su
tiempo, la Astrología fue una de las ciencias en la que destacaron los sabios
musulmanes; pero esa ciencia de las estrellas venía básicamente de la mano de
Ptolomeo y pocos autores más, es decir, se trataba de ciencia griega traducida,
o sea, caldea, a la que sin duda hicieron alguna aportación. El Tetrabiblos
y el Almagesto (Syntaxis Megalé o Gran
Composición) eran lo más avanzado de la ciencia astronómica (y astrológica)
de esos momentos; el mismo Alfonso X, rey de Castilla, dedicó buena parte de
sus esfuerzos a traducir al castellano y al latín buena parte de la astrología
musulmana en el siglo XIII. Bajo su supervisión se realizó entre otras obras El
libro conplido en los iudizios de las estrellas, de Aly Ben Ragel, un
compendio de la astrología medieval cuyo manuscrito se halla en la Biblioteca
Nacional. En 1954 fue publicada su transliteración por el hispanista
norteamericano Gerold Hilty; 1997 conoció nada menos que dos adaptaciones al
castellano moderno de esta obra y en 2004 se estaba traduciendo al ruso, una de
las pocas lenguas europeas importantes a las que no se había asomado esta
conocida obra. Así que, el revival astrológico parece atravesar actualmente un buen
momento.
Un elemento
importante del Libro Conplido es que nos habla de discrepancias en la doctrina
astrológica desde los mismos autores griegos, o sea, que con ellos la ciencia
del influjo estelar ya había entrado en decadencia; a este asunto le dedica un
apartado del quinto Capítulo del Libro I, Aphorismos
en las desacordanças de los sabios antiguos. En él cita a Tolomeo, Dorocius (Doroteo de Sidón), Vuelius (Vetius
Valens de los latinos) y Hermes, a los que suma otros más actuales de entorno
cultural (Messeallah, Atebary y Abnelfarhan).
Nos interesa resaltar
aquí que, bajo el aparente esplendor de la ciencia musulmana medieval, la
precariedad de las observaciones y de los cálculos astronómicos se hace a los
ojos actuales bastante evidente, y ello por dos razones: una, la de la falta de
un aparato matemático adecuado (para tratar con ondas, o sea, cálculo
vectorial, análisis armónico, números complejos, etc.), y otra la carencia de
instrumental de precisión (el telescopio no vino hasta el Renacimiento, en el
siglo XVI).
Los fallos en las
predicciones de los astrólogos se achacaron por lo general a estos defectos de
los cálculos y no a fallos de la doctrina (salvo alguna excepción, como Maimónides,
que atacó la astrología adivinatoria desde su conocimiento a fondo de la
misma). Estos fallos tuvieron como efecto positivo la estimulación de los
avances, tanto astronómicos como matemáticos.
Podemos hacernos idea
de la dificultad y farragosidad de los cálculos que implicaba el levantamiento
de un horóscopo en la Edad Media; obtener la posición de un planeta con las
Tablas Alfonsíes requería una media hora de trabajo para un calculador
experimentado, y levantar un horóscopo completo alrededor de cuatro horas(17).
En muchos casos los astrólogos se conformaban con calcular las posiciones
medias de los planetas mediante reglas sencillas, no las posiciones verdaderas;
dicho de otro modo, era suficiente para ellos determinar el signo donde se
encontraba el planeta.
Utilizar el Zodíaco
fijo (virtual) y el estelar como referencia también contribuía a cometer
errores o confusiones; de hecho, estaban en uso dos sistemas que, por ejemplo, a
la hora de determinar la entrada del Sol en los signos (y por tanto de las
estaciones), llevaba a discrepancias de unos seis días en el siglo XI (teoría
de la observación y del Sindhindi,
esta última traída por los astrónomos árabes de la India).
La falta de precisión
en la determinación de solsticios y equinoccios (o, lo que es lo mismo, la
inseguridad en el cálculo del comienzo de los cuadrantes astronómicos del año)
llevó a la utilización de los grandes edificios religiosos cristianos como
observatorios astronómicos (líneas meridianas). El procedimiento consistía en
abrir un pequeño agujero en una pared bien orientada al Sur, y seguir la mancha
luminosa sobre el suelo en el momento de pasar el Sol por el Meridiano (12 horas
del reloj de Sol). El círculo de luz dibuja a lo largo del año un movimiento
de vaivén que determina una línea recta en el suelo, bien observable dada la
oscuridad de las iglesias; la más cercana a la pared exterior se produce el día
del solsticio de verano (máxima altura anual del Sol), y la más alejada en el
solsticio de invierno (altura mínima). La determinación de los equinoccios tenía
otros instrumentos procedentes de la Astronomía ptolemaica, como las armillas
metálicas o el cuadrante. Peor o mejor conservados, adminículos de este tipo o
similares proliferan aún a lo largo y ancho de las iglesias y catedrales
cristianas; son especialmente notables por sus contenidos y estado de conservación
los de San Petronio en Bologna, Santa Maria del Fiore, Santa Maria degli Angeli
en Roma y el Duomo de Palermo. Las grandes dimensiones de este tipo de
instrumental tenía por objeto afinar las medidas y evitar errores en la datación
de la Pascua, aunque también se determinase con él la inclinación de la eclíptica
y la duración del año.
Si esto sucedía con
tales elementos astronómicos en los templos cristianos, los avances de la
Astronomía tenían como objeto exclusivo evitar errores en las predicciones
astrológicas, atribuidos como dijimos a deficiencias en la determinación de la
posición exacta de los astros. El esfuerzo del equipo reunido por Alfonso X el
Sabio cristalizó en la confección de las Tablas
alfonsíes, ya citadas, y muy utilizadas en toda Europa hasta que Copérnico
elaboró su nuevo modelo del mundo en el siglo XVI.
Durante el siglo XIII
ya se sabía que la astronomía de Ptolomeo llevaba a discrepancias entre la
predicción y la observación, pero casi nadie cuestionó el modelo, consistente
en considerar la Tierra en reposo y los orbes planetarios girando a su alrededor
en un complicado sistema de deferentes excéntricos y ecuantes. El modelo astronómico
estaba vinculado estrechamente al religioso desde la Antigüedad; en él se
consideraba que los mortales habitaban la Tierra, los dioses y las almas de los
justos el Olimpo, y las de los injustos los Infiernos. Ya era así en tiempos
del griego Aristarco de Samos (-310/-230), que al atreverse a proponer un
sistema con el Sol ocupando el centro del mundo fue tachado de caer en la
impiedad. En el mundo islámico, Bassar b. Burd fue castigado por unos versos en
los que se decía que la Tierra es oscura y el fuego brillante (primacía del
Sol, del cual se habían creado los ángeles, sobre la Tierra), contradiciendo
al Corán 2, 32-34, donde se afirma que Adán (formado de tierra) está
por encima de los ángeles en la jerarquía. Por ello se le acusó de mazdeísmo
y murió a causa del suplicio con el que fue castigado(18).
La Astronomía siguió
su avance imparable, y en el siglo XV, el auge del comercio y de la navegación
marítima añadió un nuevo aliciente para perfeccionar las tablas y las
observaciones de las estrellas; eran los albores del Renacimiento. Con la
llegada de la imprenta comenzó una verdadera explosión literaria (intercambios
de tipo intelectual), y pocos años después Europa descubría el Nuevo Mundo.
La precisión astronómica se hacía más necesaria que nunca para ubicar las
naves en sus travesías mediante la medida de la altura del Sol (determinación
de la latitud de día) y de las estrellas por la noche.
La Astronomía
avanzaba, pero no así la Astrología, estancada en la repetición y copia de
las obras antiguas; sin nuevas observaciones del influjo de los astros, sin
nuevas teorías, el modelo de las esferas planetarias, de la unicidad básica de
la naturaleza, de la armonía y la sintonización entre Cielo y Tierra como
postulados básicos de la ciencia antigua, ésta se fue fosilizando en sus
viejos dogmas.
Aún así siguió presente en la sociedad unos siglos más, hasta desaparecer casi por completo del panorama científico.
El declive renacentista
Durante los siglos
XVI y XVII la vida europea sufrió una auténtica revolución en todos los órdenes.
Vamos a centrarnos aquí en algunos aspectos particulares y poco conocidos del
declive de los viejos conceptos, desmintiendo también ciertos errores
corrientes que circulan por ahí sin ningún fundamento objetivo.
Suele atribuirse la
caída de la ciencia antigua (y con ello de la Astrología) al esfuerzo
combinado de ciertos autores, básicamente Nicolás Copérnico, Galileo Galilei,
Johannes Kepler e Isaac Newton. Ello es cierto solamente en parte, y veamos el
motivo, porque no se pueden afirmar unas cosas callando otras si queremos
aproximarnos mínimamente a la verdad. No podemos entrar en la consideración de
estos autores desde nuestro propio tiempo, ignorando el momento que les tocó
vivir, si queremos acercarnos a su verdadero modo de pensar y enfocar las cosas
correctamente. Es cierto que los cuatro citados, y otros de la misma época,
dieron un golpe de manivela que cambió radicalmente el modo de ver el mundo,
pero ésa no fue en absoluto su intención, ni trabajaron con ese objetivo.
La Historia de la
Ciencia no ha aclarado las motivaciones últimas que llevaron a Copérnico a
proponer un modelo del mundo con el Sol en el centro y la Tierra girando a su
alrededor; lo que sí sabemos con seguridad es que conocía bien el sistema
astrológico por haberlo estudiado, como cualquier hombre culto de su tiempo, y
que, pese a desafiar una cosmovisión que llevaba vigente desde hacía catorce
siglos, su nuevo modelo seguía estando compuesto de esferas
planetarias, no de simples planetas orbitando alrededor del Sol, como se
concibe en la actualidad. Este detalle, fundamental para nosotros, es sistemáticamente
ignorado por los críticos de la Astrología.
A Galileo Galilei se
lo quiere hace pasar por detractor de esta última, cuando lo cierto es que
conocía sus técnicas; pero tuvo la mala suerte de predecir el 16 de enero de
1609 larga vida a su protector el gran duque de Toscana, Fernando I de Médicis
(nacido en 1549), quien murió pocas semanas después(19). El carácter
agrio de Galileo lo llevó a una oposición visceral frente a las creencias de
los astrólogos. Pero aún fue más radical su intransigencia con los escolásticos,
para entendernos, los científicos ortodoxos de su época. Galileo se mostró
revolucionario por acometer el estudio de los fenómenos naturales casi como lo
hacemos hoy, mediante la aplicación del cálculo matemático y la experimentación.
Las obras de
Aristóteles fueron conocidas nuevamente en Europa a través de las
traducciones de los árabes; en el siglo XIII Santo Tomás de Aquino tuvo una
gran incidencia sobre el pensamiento medieval reconciliando la ciencia aristotélica,
especialmente la Física, con la
teología cristiana. A través de su Summa
Theologica Aristóteles se convirtió en una autoridad indiscutible tanto en
materia filosófica como científica. Los seguidores de Santo Tomás fueron
conocidos con el nombre de "hombres de escuela" o "escolásticos",
estableciéndose como autoridad indiscutible en las universidades europeas
surgidas de la Edad Media.
En De
coelo, Aristóteles establece una división radical entre el mundo terrestre
y el celeste; para él, el terrestre o inferior está constituido por cuatro
Elementos (Tierra, Agua, Aire y Fuego), es pasivo y se halla sujeto a la
circulación de los siete orbes (esferas planetarias) con sus siete estrellas
errantes, más la octava de las estrellas fijas, que son activas y determinan
los sucesos terrestres. El cielo está hecho de un quinto Elemento o
Quintaesencia. Para Aristóteles las esferas constituyen "inteligencias
separadas" (siguen un orden perfecto) que, en versión de las tres grandes
religiones monoteístas son "ángeles" o intermediarios entre la
voluntad divina y los humanos que viven en la Tierra.
Esta cosmología la repiten la mayoría de tratados medievales con ligeras variantes y tiene también fuertes connotaciones religiosas; para las religiones astrales de la Antigüedad las almas de los hombres son de naturaleza celeste, de allí vienen para encarnar en un cuerpo terrestre, y hacia allí parten con la muerte. La Tierra constituye un lugar de paso y todo lo que hay en ella nace para morir (está sujeto a generación y corrupción); el cristianismo ubicará los santos más allá de las estrellas, y, presidiéndolo todo, Cristo Pantocrator.
En esta cosmología,
de acuerdo con Platón y otros autores, los planetas, el Sol y la Luna, son
dioses (agentes creadores y gobernadores del mundo inferior); sus cuerpos,
perfectamente redondos; los movimientos, perfectamente circulares y uniformes
(velocidad angular constante). El cielo, con todo lo divino que contiene, es
eterno e inmutable, no puede haber cambios en él, ni generación ni corrupción.
Por contra, en la Tierra los cuerpos se mueven en línea recta (caen siguiendo
la vertical), buscando "su lugar natural". A más peso, descienden con
mayor velocidad (Aristóteles); por supuesto, la Tierra permanece inmóvil, como
"precipitado" y sujeto pasivo que es del mundo superior.
Galileo desarrolló
una nueva Cinemática, aplicando ecuaciones al movimiento de los cuerpos, tal
como estudian hoy nuestros estudiantes de Secundaria; desde la famosa torre de
Pisa verificó que no por ser más pesado un cuerpo desciende con mayor
velocidad, lo cual contradecía a Aristóteles y todos sus seguidores escolásticos.
A través del telescopio comprobó que el Sol mostraba manchas variables de un día
para otro (cosa ya conocida en China miles de años atrás), que la Luna poseía
un relieve muy accidentado, con mares y montañas, que Venus presentaba fases al
igual que la Luna y, lo más sorprendente, que alrededor de Júpiter se movían
cuatro pequeños satélites.
¡Los cielos
inmutables de la cosmología aristotélica presentaban variabilidad, y los
dioses, algunas imperfecciones! Por si fuera poco, las lunas de Júpiter rompían
el esquema del "esotérico número siete", el gran dogma de la ciencia
antigua, ya en franco declive:
Hay siete ventanas en la cara, dos ventanas en
la nariz, dos orejas, dos ojos y una boca; así en los cielos hay dos estrellas
favorables, dos no propicias, dos luminarias, y Mercurio solo, indiferente e
indeciso. De lo cual y de otros muchos fenómenos similares de la naturaleza
como los siete metales, etc., que sería tedioso enumerar, llegamos a la
conclusión de que el número de planetas ha de ser necesariamente siete... Además,
los judíos y otras naciones antiguas, y también los modernos europeos, han
adoptado la división de la semana en siete días que los llaman por los nombres
de los siete planetas; ahora bien, si enumeramos el número de planetas, este
sistema cae por su base... Además, los satélites son invisibles a simple vista
y por tanto no pueden tener influencia sobre la tierra, luego no existen(20).
Vemos el grado de
simpleza y soberbia que puede alcanzar la mente humana cuando se la pone en
apuros. Galileo dedicó una preciosa y combativa obra a la defensa del modelo
heliocéntrico de Copérnico y a sus propias ideas en materia de Física y
Astronomía, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y
copernicano(21). Su decidida defensa de las propias ideas lo llevó
a la condena de la Iglesia Romana a retractarse de ellas un 22 de junio de 1633;
previamente, De revolutionibus de Copérnico
había sido condenado el 3 de marzo de 1616.
Nuestro siguiente
personaje, Kepler, es otro de los que echaron los cimientos de la Física
moderna, pese a ser astrólogo convencido y practicante, con una evidente
inclinación pitagórica y mística; para comprobarlo basta acudir a sus obras,
que se siguen publicando con cierta regularidad, lo cual no ha sido obstáculo
para que algunos críticos hayan tenido la osadía de afirmar livianamente que
condenó la Astrología y que, si hacía horóscopos y publicaba predicciones
anuales del tiempo basándose en las efemérides y aspectos planetarios, era por
necesidades económicas.
Lo cierto es que
Kepler constituye el último gran investigador europeo en materia astrológica,
uno de los pocos de su tiempo que indagaron e hicieron ciencia sobre el influjo
de los astros en la Tierra y sus habitantes; no por casualidad varios programas
informáticos astrológicos y alguna editorial dedicada a esta misma materia
llevan su nombre.
Kepler contribuyó a
la quiebra de los dogmas arrastrados por la escolástica con las tres leyes físicas
que llevan su nombre (y, por cierto, nuestros bachilleres siguen estudiando);
las finas observaciones astronómicas de Tycho Brahe, con quien colaboró, le
llevaron a su descubrimiento. Las dos primeras eran demoledoras para la Física
aristotélica: las órbitas de los planetas no son circulares, sino elípticas,
(aunque de baja excentricidad) y el Sol ocupa uno de los focos, contradiciendo
tanto la posición y fijeza de la Tierra como el hecho de que los dioses, por el
hecho de serlo, sólo puedan trazar círculos perfectos. La segunda afirma que
los planetas no viajan a velocidad constante, sino que se aceleran en el
perihelio (mínima distancia al Sol) y se frenan en el afelio (distancia máxima).
Como vemos, ni una ni
otra contradicen los principios básicos de la ciencia antigua, sino cierta
manera de atajar el problema de
determinar el movimiento de los astros por el cálculo matemático, y menos aún
la posibilidad del influjo planetario, uno de los asuntos que atajó Kepler en
sus obras (Mysterium Cosmographicum
[El secreto del universo], Harmonices
mundi [Los armónicos en el mundo], De
fundamentis astrologiae certioribus [De los fundamentos muy ciertos de la
astrología]).
Algo después de Kepler en la actual Polonia trabajó Newton en Inglaterra; él echó definitivamente las bases de la Física moderna con el éxito apabullante de sus leyes de la Mecánica, de la Gravitación, de la Óptica, etc. Con él nació un mundo, el "mundo newtoniano", que dominará el panorama de la Física hasta el siglo XX. Sólo entonces aparecerán brechas en este edificio que parecía sólido y definitivo.
Newton fue demoledor
para la Física aristotélica, que ya empezaba a mostrar carencias y errores, y
sobre todo para su cosmología, con la ley de Gravitación universal; en ella,
la misma ecuación sirve para describir la caída libre de un cuerpo en las
proximidades de la superficie terrestre y el movimiento de la Luna, arruinando
el dogma de que las leyes del mundo terrestre nada tienen que ver con las del
celeste.
La Mecánica de
Newton se mostró acabada y completa para describir la dinámica de los cuerpos
(caída libre, movimiento de proyectiles, rozamiento, rotación, efecto giroscópico,
etc.); de ella se pueden deducir las tres leyes empíricas de Kepler y mejorar
enormemente las lagunas que aún dejan los cálculos astronómicos con el nuevo
modelo heliocéntrico de Copérnico. Sus descubrimientos e interpretaciones en
materia de Óptica deslumbraron a las nacientes academias científicas que
empezaban a surgir por Europa, y no sólo eso, sino que estimularon su
crecimiento en los próximos siglos.
Parecería por tanto
que Newton puede ser considerado un hombre de nuestros días, o un adelantado a
su tiempo, pero esto nos puede llevar a espejismos de tipo intelectual; no sólo
no era racionalista, sino que se hallaba en las antípodas intelectuales del
pensamiento mecanicista a que su obra dio origen. Los propios historiadores de
la ciencia nos ponen en guardia sobre ello. Newton no sólo creyó, sino que
cultivó la Astrología y la Alquimia, cosa muy natural en sus días; y no
trabajó por lucimiento personal, ni por ambición de dejar escrito su nombre
para el futuro, ni por deseo de riqueza. Dejemos que sea él mismo quien lo
diga:
...el principal objeto de la filosofía natural es argüir a partir de
los fenómenos, sin hipótesis preconcebidas, y deducir las causas de los
efectos, hasta llegar a la misma Causa Primera, que ciertamente no es mecánica;
y esto no por el deseo de desligar el mundo de la mecánica, sino para resolver
principalmente éstas y análogas cuestiones. ¿Qué hay en los lugares casi vacíos
de la materia, y de dónde viene que el Sol y los planetas graviten entre sí,
sin materia densa entre ellos? ¿De dónde que la Naturaleza no haga nada en
vano? ¿Y de dónde surge el orden y belleza que vemos en el mundo? ¿Cuál es
el fin de los cometas y por qué los planetas se mueven todos del mismo modo según
órbitas concéntricas, en tanto que los cometas lo hacen según una gran
variedad de órbitas de gran excentricidad? ¿Y qué impide a las estrellas
fijas caer unas sobre otras? ¿De dónde viene que los cuerpos de los animales
estén formados con tal arte y con tal fin sus distintas partes? ¿Fue formado
el ojo sin habilidad para la óptica y el oído sin conocimiento del sonido? ¿Cómo
provienen los movimientos del cuerpo de la voluntad y de dónde les viene el
instinto a los animales? ¿No es la sensibilidad aquel lugar en que se encuentra
la substancia sensitiva en los animales y al cual se transmiten las especies
sensibles de las cosas por medio de los nervios y el cerebro para ser allí
percibidas por su presencia inmediata ante la substancia? Y estando todas estas
cosas tan rectamente establecidas, ¿no aparece claro de los fenómenos, la
existencia de un Ser incorpóreo, Viviente, Inteligente, Omnipotente, que, en el
espacio infinito, como si allí estuviera su sensibilidad, ve lo íntimo de las
cosas, las percibe y comprende totalmente por su inmediata presencia ante Él, y
solamente las imágenes de las cosas transmitidas por el órgano del sentido a
nuestra pequeña sensibilidad son vistas y percibidas por aquello que en
nosotros piensa y percibe? ¿Y no nos lleva todo paso en esta filosofía al
conocimiento inmediato de la Primera Causa y también más cerca de ella, y por
eso ha de tenerse en gran estima?(22).
En una carta escrita
en 1692, Newton da cuenta a un amigo de las intenciones que le llevaron a
escribir los Principios matemáticos de filosofía natural, una de sus obras más
notables:
Cuando escribí mi tratado [Principia, 1687]
acerca de nuestro sistema, tuve la intención de que los principios expuestos
llevaran a los hombres a la consideración de la fe en una Divinidad; y nada me
ha alegrado más que saberlos útiles para mí propósito(23).
Nuestro modo de ver
las cosas desde el pensamiento actual distorsiona la visión real del creador de
la propia ley de la gravitación, que, cristiano convencido, en el escolio final
de los Principia decía nada menos lo siguiente:
Los seis planetas principales giran en torno
del Sol en círculos concéntricos al Sol, con la misma dirección de movimiento
y aproximadamente en el mismo plano... Y todos esos movimientos regulares no
tienen un origen debido a causas mecánicas... Tan elegante combinación del
Sol, planetas y cometas sólo pudo tener origen en la inteligencia y poder de un
ente inteligente y poderoso...
Él [el Sol] lo rige todo, no como alma del mundo, sino como dueño de
todos. Y por su dominio, suele ser llamado señor dios Pantocrator(24)...
Al final de su Opticks
se reafirma en esta idea admitiendo que las perturbaciones producidas en las órbitas
planetarias por las atracciones mutuas de los planetas terminarían, sin el
vigilante control de la Providencia, por destruir el orden en el Sistema Solar(25).
La posición de la Iglesia
Tanto las Iglesias
cristianas, como el judaísmo y el islamismo, han mantenido relaciones difíciles
con los cultivadores de la ciencia del influjo de los astros, y ello porque éste
pone en entredicho tanto la voluntad divina como la libertad de elección en los
humanos. En todo tiempo y lugar hay sujetos para los que las cosas sólo pueden
ser blancas o negras, cuando la realidad es mucho más rica y variada; Ptolomeo,
la gran autoridad de la Astrología occidental, ya deja claro el problema al
sentar que "los astros inclinan, pero no obligan".
Enrique de Villena,
en su Tratado de Astrología (1428) nos dice que:
...se parte en dos partes, conviene saber, en
astrologia, que trata del movimiento de todos los çielos, juzgando los
temporales antes que vengan, et de aquésta non es duda; la otra es de elecçiones,
et aquésta es más sotil e mala de aver. Et sobre aquésta es opinión si la
podemos usar sin pecado o non; et por aquésta son conoçidos los nasçimientos
de los omnes e los morbos epidimios, guerras e muertes de los reyes, e otras
muchas cosas, segúnt la sçiencia lo espone, lo qual repruevan algunos doctores
de sancta Yglesia(26).
En el Libro del
Buen Amor, el Arcipreste de Hita también nos da su opinión al respecto:
Yo creo los astrólogos verdat naturalmente;
pero Dios, que creió natura e acidente,
puédelos demudar e fazer otramente:
segund la fe católica yo desto so creyente(27).
Este clima de
relativa tolerancia se rompió con la llegada del Concilio de Trento.
Curiosamente, De Revolutionibus Orbium
Coelestium de Copérnico, publicado en 1543, estaba dedicado a Paulo III, el
papa que, tras varios intentos, pudo convocar finalmente ese concilio rompedor
en 1545. Durante 1559 Paulo IV creó el Índice
de Libros Prohibidos, y en 1563 fueron establecidas las reglas para evaluar
qué textos se iban a incluir en él.
Hemos hablado de múltiples
detalles constructivos astronómicos en los templos cristianos, incluso de
cosmología plenamente astrológica; el dios Jano se halla presente en algunas
catedrales, al igual que los signos del Zodíaco, las esferas planetarias,
representaciones de los ciclos sinódicos, etc. El Concilio de Trento prohibió
expresamente en ellos cualquier alusión ajena al cristianismo más ortodoxo. Así
que, parejo al declive astrológico de los siglos XVI y XVII, y al auge del
nuevo paradigma científico, se unió para rematar a la ciencia de los influjos
estelares con una última estocada la Santa, Católica y Apostólica Iglesia
Romana (y la Reformada de Lutero jugó un papel similar).
Un documento de la
Inquisición de 1584, Parecer de la
Astrología y regla novena del catálogo, condena el uso de la magia y de
la hechicería en España, pero aún mantiene lo siguiente en materia astrológica:
Muy Ilustrísimo y Reverendísimo Señor:
Con esta Regla 9 que el santo Oficio ha establecido con comunicación de
algunos doctos sobre la comunicación al parecer desordenada de la Astrología,
digo que cuanto la causa es más pía y los motivos al parecer son más urgentes
tanto sería su prohibición más dañosa y de mayores inconvenientes que temo
se recrecerían (aunque solo los doctos muy prácticos experimentados en
Astrología pueden advertir, aunque no bastan doctos bien fundados y sin
experiencia de las varias cosas que siempre se ofrecen en largos discursos) y así
es necesario preceda en ello la consideración que pide la cualidad del negocio,
porque de donde se pretende solamente acertar en el remedio de algunos abusos
(que no los niego) podrían ser mayores y más irreparables los que de nuevo se
recreciesen, que los que se desean evitar...
Permítense los libros tratados y escritos que
nos enseñan por los nacimientos y sus direcciones, revoluciones, profecciones y
tránsitos de los planetas, conocer las inclinaciones, condiciones, cualidades
corporales y enfermedades de los hombres y los accidentes y efectos que en ellos
natural y físicamente por los movimientos de los cielos se acusan, resultan,
significan y entienden, por los discursos de las varias comisiones de los
planetas y sus aspectos y movimientos.
También se permiten los libros tratados y escritos necesarios así para
el conocimiento de los tiempos y sucesos generales del mundo, como para las
elecciones y naturales observaciones que según los cielos y estrellas y sus
varios movimientos tienen respecto correspondencia y armonía con los
nacimientos y revoluciones, así de nacimientos como del mundo considerando que
todo lo que así por buena y lírica Astrología se permite, puede ser y no ser
y que solo se procede en ella con conjeturas falibles.
Asímismo se permiten los juicios y naturales observaciones que son
necesarios y convienen a la Medicina, Agricultura, Edificaciones y Navegaciones(28).
Este clima de
relativa permisividad terminó tan sólo un año después, cuando el papa Sixto
V, en 1585, promulgaba su Coeli et Terrae, en la que prohibía "todas las artes que
provienen de los futuros eventos, a excepción de aquellas que por causas
naturales necesariamente o frecuentemente se siguen". A partir de entonces,
según la Iglesia Romana, la Astrología será lícita y permitida siempre que
se aplique a la Medicina, Agricultura y Navegación, pero caerán en delito
"los astrólogos que con vana superstición por observancia del día de
nacimiento o otro, presuman y afirmen el estado, condición, duración de vida,
honra, riqueza, sucesión, salud, muerte, caminos, peleas, enemistades, cárceles,
azotes, varios delitos y otros casos prósperos y adversos de los humanos,
atribuyendo a los astros lo que nace de la libre voluntad de ellos, debiendo
saber que las estrellas se hicieron por el hombre y no el hombre por las
estrellas".
Quedaba expresamente prohibida por tanto la Astrología Judiciaria; la Inquisición no dejó de publicar sus Edictos de Fe contra los practicantes hasta bien avanzado el siglo XIX. La frontera entre lo permitido y lo prohibido fue siempre difícil de determinar; al amparo de sus almanaques y prácticas médicas los astrólogos filtraron algunas predicciones, pero ya el ambiente general les era francamente hostil, porque todo cuanto sucedía a su alrededor se iba precipitando en contra suya. Y ellos ya no estaban en condiciones para la regeneración de una ciencia de la que ignoraban sus bases físicas, sencillamente porque la nueva ciencia emergente chocaba frontalmente con los viejos postulados de la antigua (separa al hombre del Cosmos, la parte del todo, es analítica y reduccionista, exclusivamente racional y progresivamente positivista y materialista).
El racionalismo y el entierro de la Astrología
Hemos visto que
quienes echaron los cimientos de la ciencia moderna para nada se propusieron
arruinar el pensamiento de la antigua; pero la vida es movimiento, cambio y
transformación, y, como Aristóteles sentenciaba, en este bajo mundo todo se
halla sujeto a generación y corrupción, al nacimiento y a la muerte. O, mejor
aún, según la ciencia medioriental antigua, todo se halla sujeto al ciclo,
aparece, alcanza su máximo esplendor, declina y desaparece, para reaparecer un
tiempo más tarde, como el Sol y las estrellas cada día, cada noche, cada año,
cada ciclo simple o compuesto.
En España el último
astrólogo de fama fue Don Diego de Torres Villarroel, que ostentó la cátedra
de Matemáticas de la Universidad de Salamanca; en plena ruina del edificio
astrológico aún fue capaz de pronosticar con acierto la revolución francesa,
como puede comprobarse documentalmente a través de sus pronósticos del año
1756:
Cuando los mil contarás
con los trescientos doblados,
y cincuenta duplicados
con los nueve dieces más,
entonces, tú lo verás,
mísera Francia, te espera
tu calamidad postrera
con tu rey y tu delfín,
y tendrá entonces su fin
tu mayor gloria primera.
Torres tuvo que vérselas
en agrias polémicas con Benito Jerónimo Feijóo, enemigo declarado de lo
relacionado con toda clase de creencias supersticiosas no católicas, y por
supuesto de la Astrología, así como con el Doctor Martín Martínez, autor de
un Juicio final de la astrología en defensa del Theatro
Crítico Universal dividido en tres
discursos. Discurso primero: que la astrología es vana y ridícula en lo
Natural. Discurso segundo: que la astrología es falsa y peligrosa en lo Moral.
Discurso tercero: que la astrología es inútil y perjudicial en lo político (1726).
La respuesta de
Torres, autor satírico y quevediano como pocos, consistió en su Entierro
de Juicio final y vivificación de la astrología, herida con tres llagas a lo
natural, moral y político, y curada con tres parches: La astrología es buena y
cierta en lo natural, verdadera y segura en lo moral, útil y provechosa en lo
político (Sevilla, 1727). Llegaban tiempos de chanzas y el bando emergente
no se quedó corto en ellas; otro ejemplo lo tenemos en El
Piscator chiquito por el cielo y los demás por tierra.
Viage soñado entre gallos y media
noche, en que se acomete la astrología, y de camino se les hace a los Astrólogos
ver las Estrellas (Antonio Ángel de Fravega, Burgos, 1767). El clima contra
todo lo antiguo no dejará de ganar terreno y los únicos textos astrológicos
serán ya los almanaques, que, pese a todo, gozarán (y siguen gozando) de una
gran popularidad, especialmente en el medio rural.
Pero todo jugaba en
contra de Torres y de los demás practicantes, que, al igual que los teólogos,
se aferraron a las hechuras intelectuales de Aristóteles; resultan patéticas
hoy en día sus refutaciones, llenas de la acidez burlesca que lo caracterizaba,
de una de las consecuencias de la Mecánica newtoniana, la de que la Tierra, con
su giro, no puede ser una esfera perfecta, sino que debe achatarse por los
Polos. Los argumentos contra Newton(29) no pueden ser más pobres y
dogmáticos, resistiéndose incluso a las comprobaciones de las medidas de los
geodesistas franceses, que habían demostrado la veracidad de la predicción teórica,
una más entre tantas que cuestionaban la Física y el sistema aristotélico del
mundo.
Faltos de la savia
intelectual necesaria para reanimar el moribundo, astrólogos por un lado y teólogos
por otro se encastillaron en sus viejos dogmas, pegados a la autoridad de los
"antiguos" o de la "revelación". Afuera, soplaban con
fuerza incontenible los vientos del racionalismo y del positivismo; la
Universidad de Salamanca, que se había mostrado permisiva enseñando a Copérnico
durante el siglo XVI en sus aulas, aún tenía prohibidos en 1770 a Newton,
Gassendi y Descartes, por contradecir la verdad revelada y a Aristóteles(30).
El desarrollo
vigoroso de la Mecánica iniciado por Newton culminó, rodeado del nuevo clima
de opinión, en una ciencia basada en el análisis de las partes y la
experimentación sistemática. De la antigua Astrología nació la moderna
Astronomía, y más tarde la Astrofísica; de la Alquimia la Química. Nuevas
ramas como la Geología, la Botánica, la Biología, etc., nutrieron un árbol
científico cada vez más diversificado. La Física se dividió en Mecánica,
Electricidad, Magnetismo, Óptica, Termodinámica, etc., y, dentro de cada rama,
surgieron más y más especialidades nuevas.
La ciencia se
independizó definitivamente (y por primera vez en la Historia) de la religión,
dando cuerpo a unas enseñanzas totalmente materialistas (ya vimos que Astronomía,
Magia y Religión nacieron juntas, y cómo se expresaba Newton al hablar de
estos asuntos, tan diferentes de lo que vendría después). En este clima de
descrédito por todo lo antiguo, los químicos creyeron haber acabado con las
doctrinas vitalistas (las cuales aseguraban que los seres vivos disponían de
algo más allá de la materia que mantenía y ordenaba sus funciones características)
cuando en 1826 Hennell obtuvo una preparación sintética de etanol y en 1828 Wöhler
hizo lo propio con la urea partiendo de amoníaco y ácido cianhídrico. En
realidad, tales síntesis y las que vinieron más tarde, sólo evidenciaban lo
incipiente que era aún la Química en el siglo XIX si la comparamos con la
actual. De hecho, la "Química Orgánica" (así llamada, pues se
pensaba que sólo los seres vivos podían sintetizar este tipo de compuestos
propios de su metabolismo) ha pasado a ser denominada más adecuadamente
"Química del carbono". Volveremos
más adelante sobre este mismo asunto, que tiene su importancia, como podrá
comprobarse.
Por si todo ello
fuera poco, se descubrieron nuevos planetas en el Sistema Solar; Urano (1781),
Neptuno (1846) y Plutón (1930); a estas alturas, de los dogmas del septenario,
de las esferas planetarias y de los horóscopos, ya no se acordaba nadie en la
Universidad. La Astrología dejó de enseñarse en la de París en 1666; Torres
ya no tuvo sustituto en Salamanca (1769) y Valencia también perdió su cátedra.
La nueva visión del
mundo, reduccionista y analítica, ha permitido avances impensables en el
conocimiento de la naturaleza siglos atrás, pero, como todo lo sujeto al ciclo,
con el correr del tiempo, también ha dejado entrever las primeras grietas, los
primeros puntos débiles. Cuando el edificio científico parecía estar acabado
definitivamente, en la bisagra de los siglos XIX-XX, cuando el pensamiento
humano penetró por primera vez en el microscópico mundo de los átomos, todo
se vino abajo (Planck, Einstein, De Broglie, Heisemberg, etc.).
Unas décadas más
tarde pudo constatarse que, de nuevo, las puertas quedaban abiertas para la
vieja manera de contemplar el universo. Y, en paralelo, se dejó notar un
movimiento astrológico por todo el mundo occidental. Queda pendiente aún otra
revolución en el mundo de lo macroscópico.
Pero este será
nuestro tema de estudio en el próximo Capítulo.
Notas
1.- Ver por ejemplo
la opinión del historiador David Romano en La
ciencia hispanojudía. O el Tractat
d'astronomia de Ramon Llull, dedicado íntegramente a cuestiones astrológicas.
2.- Existe edición
reciente de esta obra. Moseh Ben Maimon. Maimónides.
Sobre el Mesías. Carta a los judíos del
Yemen. Sobre Astrología. Carta a los judíos de Montpellier.
Notas biográficas, introducción, traducción y notas por Judit Targarona Borrás.
Riopiedras Ediciones. Barcelona, 1987.
3.- También puede
leerse esta obra en la actualidad (edición castellana en los clásicos de
Editorial Gredos).
4.- Demetrio Santos. Altamira:
Astrología paleolítica. XXI
Congreso Ibérico de Astrología. Santander, 2004.
5. W. L. van der
Waerden. Las tablillas de Ammisaduka. Revista
BEROSO nº 7. Barcelona, 2002.
6.- José Mª Millàs
Vallicrosa. Estudios sobre historia de la ciencia española.
Consejo Superior de Investigaciones científicas. Madrid, 1991. Pág. 1.
7.- Ídem obra
anterior, pág. 3.
8.- Millás aporta en
la obra ya citada toda una serie de textos y escritos sobre el asunto, nota 6, pág.
5.
9.- Demetrio Santos.
Datación astrológica: un horóscopo de 2/05/1115 a.C. Revista Beroso nº
7. Barcelona, 2002.
10.- Existe traducción
castellana en la revista BEROSO nº 1, Barcelona 2000.
11.- Demetrio Santos
Santos. Introducción a la historia de la Astrología. Edicomunicación, S.A. Barcelona, 1986. P. 141, pág. 71.
12.- Vitrubio. Arquitectura.
Libro II, 2.
13.- Introducción al
Tetrabiblos de Claudio Ptolomeo.
Demetrio Santos. Editorial Barath. Madrid, 1980.
14.- Citado por Juan
Vernet. Historia de la ciencia española. Instituto de España. Cátedra "Alfonso X el Sabio". Pág. 13.
15.- Auguste Bouchê-Leclercq. L'astrologie
grecque. Réimpression de
l'edition de Paris 1899. Scienctia
Verlag Aalen. 1979. Préface, II.
16.- Juan Vernet. El
Islam en España. Editorial Mapfre. Madrid, 1993. Pág. 102.
17.- Según Julio
Samsó en la Introducción al Tratado de
Astrología atribuido a Enrique de Villena. Editorial Humanitas, Barcelona,
1983. Pág. 45.
18.- Juan Vernet. Astrología
y astronomía en el Renacimiento.
El Acantilado. Barcelona, 2000. Pág. 55.
19.- Ídem obra
anterior, pág. 19.
20.- Según Francesco
Sizi, astrónomo florentino. Citado en Fundamentos de la Física Moderna.
Gerald
Holton y H.D. Roller. Editorial Reverté, S.A.
Barcelona, 1972. Pág. 178.
21.- Existe versión
castellana reciente de Alianza Editorial. Madrid, 1995. El lector interesado
puede disfrutar también El mensaje y el
mensajero sideral (Galileo y Kepler), en la misma editorial. Madrid, 1990.
22.- Isaac Newton. Opticks,
2ª edición inglesa, 1717. Citado en Fundamentos
de la Física Moderna. Gerald Holton y H.D. Roller, pág.
257.
23.- Ídem obra anterior, pág. 258.
24.- Isaac Newton. Principios
matemáticos de la filosofía natural, tomo 2. Alianza Editorial, S.A.
Madrid, 1987, pág. 782.
25.- Desiderio Papp. El
problema del origen de los mundos.
Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1965. Cap. I, pág.
23.
26.- Tratado de
Astrología atribuido a Enrique de Villena. Editorial Humanitas, Barcelona,
1983. Pág. 117. Fols. 6 r-6 v.
27.- Estrofa 140.
28. Sagrario Muñoz
Calvo. Inquisición y Ciencia en la España moderna. Editora Nacional. Madrid, 1977. Documento nº 3. Págs.
249-251.
29.- Torres
Villarroel. Comentario a las observaciones
de Jorge Juan y Antonio de Ulloa. En De
la Alquimia al Panteismo. Marginados españoles de los siglos XVIII y XIX.
Editora Nacional. Madrid, 1983.
30.- Juan Vernet. Astrología
y astronomía en el Renacimiento.
El Acantilado. Barcelona, 2000. Pág. 167.
Lecturas recomendadas
Introducción a la historia de la Astrología. Demetrio Santos Santos. Edicomunicación, S.A.
Barcelona, 1986.
Aunque queda por
hacer una verdadera Historia de la ciencia de las estrellas en profundidad, esta
introducción supone un enorme esfuerzo y la obra más digna y completa que se
haya escrito hasta ahora en el mundo, por lo que ningún estudiante o interesado
en el tema puede pasarla por alto.
Estudios sobre historia de la ciencia española. José Mª Millàs Vallicrosa.
Consejo Superior de Investigaciones científicas. Madrid, 1991.
Historia de la ciencia española. Juan Vernet Ginés. Faccsímil de la edición
realizada por el Instituto de España en 1976. Editorial Altafulla. Barcelona,
1998.
Textos y estudios sobre astronomía española
en el siglo XIII.
Editados por Juan Vernet. Facultad de Filosofía y letras. Universidad Autónoma
de Barcelona. Barcelona, 1981.
Nuevos estudios sobre astronomía española en
el siglo de Alfonso X.
Editados por Juan Vernet. Instituto de Filología. Institución "Milá y
Fontanals". Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Barcelona,
1983.
La ciencia hispanojudía. David Romano. Editorial Mapfre. Madrid, 1992.
El Islam en España. Juan Vernet. Editorial Mapfre. Madrid, 1992.
Astrología y astronomía en el Renacimiento. Juan Vernet. El Acantilado. Barcelona, 2000.
L'astrologie grecque. Auguste Bouché-Leclercq. Reimpresión
de la edición de París 1899. Scientia Verlag Aalen. 1979.
El rumor de las estrellas. Teoría y
experiencia de la astronomía griega. Eulalia Pérez Sedeño. Siglo XXI de España de Editores, S.A. Madrid,
1986.
Fenómenos. Arato. Introducción a
los fenómenos. Gémino. Introducción, traducciones y notas de Esteban Calderón
Dorda. Editorial Gredos. Madrid, 1993.
Astronomía y Astrología de los orígenes al
Renacimiento. Editado por Aurelio Pérez Jiménez.
Ediciones Clásicas, S.A. Madrid, 1992. www.chartaantiqua-es.net
BEROSO. Revista de investigación y reflexión
histórica sobre cuestiones cosmológicas. Director: José Fernández Quintano.
http://www.beroso.info
Interesantes artículos
y traducciones al castellano de autores internacionales muy notables (Otto
Neugebauer, Abraham Sanchs, B.L. van der Waerden, Asger Aaboe, etc.).
La scrittura celeste. La
nascita dell'astrologia in Mesopotamia. Giovanni Pettinato. Arnoldo
Mondadori Editore. Milano, 1998. http://www.mondadori.com/libri
Observadores del cielo en el México antiguo. Anthony F.
Aveni. Fondo de Cultura económico. México D.F. 1991.
Empires of time. Calendars, Clocks and Cultures. Anthony
Aveni. Revised edition. University Press of Colorado. Colorado, 2002.
Las dos obras
anteriores contienen amenos e interesantísimos trabajos sobre arqueoastronomía
y cronología a través de la observación de las estrellas y los planetas; sólo
la observación sistemática del cielo a ojo desnudo, sin ayuda de instrumentos,
pudo hacer nacer en la conciencia del hombre la sensación de los astros nos
influyen.
The History and Practice of Ancient Astronomy. James Evans. Oxford University Press. New York, Oxford, 1998.
Interesantísima página web con toda clase de artículos
sobre Astrología, entre ellos de Historia (Giuseppe Bezza y otros autores
notables).
Dirigida por Giuseppe
Bezza; Historia de la Astrología, traducciones de textos antiguos.
Las leyes del cielo. Astronomía y
civilizaciones antiguas. Juan Antonio Belmonte.
Ediciones Temas de Hoy. Madrid, 1999.
El cielo de los magos. Tiempo astronómico y
Meteorológico en la Cultura Tradicional del Campesinado Canario. Juan Antonio Belmonte Avilés y Margarita Sanz de
Lara Barrios. La Marea. Islas Canarias. 2001.
Juan Antonio Belmonte
es astrofísico y nos da una interesantísima visión, sobre todo honrada,
documentada y cabal, sobre las implicaciones astronómicas de los restos arqueológicos,
folclóricos, etc.
Finalmente, a modo de
contrapunto, tenemos un ejemplo de cómo no debe emprenderse una investigación,
tanto desde el punto de vista científico como de la ética más elemental. El
lector podrá juzgar por sí mismo:
Astrología. ¿Ciencia o creencia? Manuel
Toharia. Mc Graw- Hill. Madrid, 1992.